El hombre que fue a orinar a Los Pinos

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LURO VERUM

Por Rafael Navarro Barrón

A las 11 de la mañana estábamos ya en Los Pinos. El intenso calor de la Ciudad de México nos hacía sentir el contraste con nuestra vestimenta de invierno que llevábamos los del norte del país que por aquellos días de diciembre habíamos experimentado un invierno inclemente con temperaturas menores a los cero grados.
Pero aquella mañana sudábamos la gota gorda en aquella inverosímil fila de directores de medios de comunicación que parecía, más bien, el pase de lista en una escuela primaria.
Todos formados en hilera, como viles estúpidos, siguiendo los caprichos de la presidencia de la república con sus certeros capataces del Estado Mayor Presidencial, que tenían la encomienda de cuidar al mandatario panista Felipe Calderón.
Los rapos imbéciles de la guardia presidencial ignoraban las súplicas de los directores de la tercera edad que se estaban meando por la prostatitis que se cargaban y que se había agudizado por un café negro que nos ofrecieron antes de salir del hotel donde nos hospedaron.


“No se muevan de la fila, ya vamos a entrar”, gritaba desde la puerta un hombre moreno, de baja estatura que llevaba un folder entre sus manos. Y esa promesa la repetía cada 15 minutos, cuando eran las 11:45 de la mañana y nos habían invitado a una comida con el presidente.
Se suponía que el evento era a las 2 de la tarde, pero nos advirtieron que por ‘motivos de seguridad’ teníamos que estar a las 11 de la mañana en la puerta de Los Pinos. A la hora pactada Felipe Calderón entraría al salón Benito Juárez a encabezar una reunión con directores y dueños de los medios de comunicación más influyentes de México.
Eso nos hacía sentir orgullosos y llenos de vigor ante el inclemente Sol que se levantaba aquel día y pasaba sin pedir permiso por las ramas de los árboles de la residencia oficial, ahora convertida en un zoco Árabe.
Don jodón de Monterrey; don traga trancero de Chihuahua; don meón de Puebla; don fregoncísimo de Tijuana; don me las trago ardiendo de Guadalajara; don letrado de Veracruz; don bichola de Sonora; y yo, de Ciudad Juárez, junto con muchos otros colegas, sobre todo algunos de juaritos que estaban en la lista de la presidencia de la república y que pasaron frente a los que íbamos de Chihuahua, como si no nos conocieran, hasta que nos vimos de frente y, uno de ellos, ya finado por cierto, me pregunto: “¿qué ondas, Navarro, qué andas haciendo por acá?”
Y yo, en aquel ambiente de guirnaldas de olivo y entre tanto polvo de triunfo, le respondí que “el gobierno del presidente Felipe Calderón Hinojosa tuvo a bien invitarme a esa ágape político entre tanto triunfador de la pluma”.


Porque así somos los periodistas, mamones por naturaleza. Somos esclavos del poder y de los ladrones dueños de medios. Aun así nos sentimos independientes cuando en realidad somos esclavos de los que nos pagan, que no son los empresarios, sino el propio gobierno.
Con el tiempo nos volvemos huraños, sectarios, llenos de ego, creemos que la virgen nos habla solo a nosotros. Somos como cazadores furtivos esperando a que los poderosos nos identifiquen y nos llamen por nuestro nombre para después decir que ‘el presidente’, que el ‘gobernador’, que ‘el alcalde’, que ‘el funcionario’, que ‘el diputado’, que ‘el senador’, que ‘el ministro’, que ‘el artista’, son “nuestros amigos” y nos picamos el ombligo cada vez que nos vemos.
Pero en la realidad no, el poder nos aplasta cada vez que quiere. El poder nos humilla, nos ningunea, nos ubica en el exacto lugar en el que nos quiere ver y, cuando puede, nos manda callar sin ninguna consideración. Detrás de los crímenes de muchos periodistas mexicanos están los políticos que se agazapan frente en los otros criminales.
Aunque duela el comentario no fue un solo dedo el que estuvo en el gatillo de las armas que asesinaron a Armando Rodríguez y a Miroslava Breach, fueron los dedos de los que estaban a cargo de los medios de comunicación donde laboraban, esos cínicos seudo periodistas los obligaban a escribir y poner sus nombres en las notas periodísticas; a quienes no les importó sus vidas, a cambio de vender periódicos.
Junto a ellos estuvieron los dedos de los otros responsables, los gobernantes en turno que se vendieron al crimen organizado y dejaron que los delincuentes gobernaran Chihuahua; unos por miedo y otros por ambiciosos.


Porque hay que decirlo con todas las letras. Los gobernantes del pasado se constituyeron en la viva imagen de Nerón, de los ‘Césares’ romanos que bajaban el dedo pulgar y ordenan desaparecer a quienes les estorbaban en su loca carrera de podredumbre política; ponían precio a quienes los exhibían como lo que son, como criminales llenos de odio, venganza y ambición.
En las manos de los políticos que han gobernado el Estado de Chihuahua y ciudad Juárez hay mucha sangre, porque muchas veces dieron la orden de no capturar vivos a los delincuentes, sino de matarlos; los poderosos gobernantes han dirigido acciones de ‘limpieza’ para controlar el desbordante crimen de la entidad o los municipios que gobiernan.
Cuando hay un asesinato de alto impacto, los gobernantes saben muchos detalles del hecho criminal. Les informan los mandos policiacos, los mandos militares y los organismos de inteligencia. Guardan silencio cómplice y hasta festinan cuando un delincuente de alto vuelo es derribado, porque desde el poder se pierde la mesura y la conciencia.


Por eso, cada vez que asistía a la residencia oficial de Los Pinos me sentía un auténtico imbécil. Siempre me pregunté ¿Qué estoy haciendo aquí? Nunca sentí que fuera un espacio para visitar, menos para emboletarse en los asuntos del poder político mexicano que no ha cambiado su rumbo en muchas décadas. Ese poder convierte a los periodistas en una marioneta al servicio de un sistema que nos arrastra a todos, de alguna manera.
La voz cavernosa, bien preparada, como un poema de Paco Stanley sale de los ecualizados micrófonos para ordenar, no pedir, que la gente se ponga de pie, que aplauda al presidente, que guarde silencio, que no se mueva, que no respire…
Pasa lo mismo en las mañaneras de López Obrador. Todo es tan actuado, tan miserablemente actuado. Me niego a creer que existan reporteros que asisten a la rueda de prensa del presidente por consigna, con un guion a modo, apegado al discurso del presidente que, como un histrión bien estudiado, repetirá su pieza teatral para el público que lo aplaude o que lo adula.
Aquel día en Los Pinos advertí lo que seguía en la película de los reporteros. Vi el deterioro de los periodistas que han sido exitosos dirigiendo medios de comunicación. Como con el tiempo dejan de ser efectivos para mutar al siguiente nivel, al de la comparsa, al del aplauso, al de la complicidad. Particularmente distinguí a uno de ellos, un hombre de 82 años de edad, bien vestido, alto y canoso. Su bigote bien cuidado. Estábamos flanqueados en el baño que nos asignaron. Cada quien en su mingitorio, platicando de la experiencia de aquel día bajo el sol. Quejándonos de la guardia presidencial.
“Qué pinche suerte”, dijo el anciano director y periodista, “ya llevo tres meadas y todavía no empieza el evento”. Lo dramático y frustrante era verlo orinar. Se quejaba y pujaba al mismo tiempo y cada vez que salía un chorrito decía “chingao” y se limpiaba con un papel sanitario.
Luego, estoico, iba al lavamanos y se aseaba frente al espejo con un peinecito negro que traía en la bolsa trasera del pantalón. Coqueto, se daba unas pasadas sobre la blanca cabeza y quedaba como nuevo para la foto presidencial.
Nos encontramos en la puerta del baño y antes de volver a la fila, que ahora esperaba para saludar al presidente y tomarnos una foto con él, aquel hombre con prostatitis, después de tres profundas meadas y varios quejidos, dijo en voz alta: “vamos a ver para que nos quiere este borracho pendejo”.


El presidente nos había invitado a su casa temporal a una reunión urgente para explicar su lucha contra el crimen organizado. En la antesala de aquel discurso y de aquellas preguntas formuladas de antemano y entregadas al staff de la secretaría particular de Calderón, se había convenido una comida.
Frente a cada uno de los comensales estaba un cartón bien impreso que decía el menú y sus tiempos. Se servía agua de chía con yerbabuena pero el desprecio a la saludable mezcla fue más que justificado ya que los directores estaban deseosos de un vino tinto, que servían sin límite y de otras bebidas alcohólicas ofrecidas por los meseros al oído de los presentes.
Los abstemios subsistíamos con aquella medicinal bebida que volvió a subestimar el malestar de la próstata del decano director y generó la cuarta ida al baño.
Luego vino el discurso de Calderón, que en realidad ni lo recuerdo. Solo viene a mi mente el momento en que estuve frente al presidente de la república.
Me miró varias veces y luego me preguntó ¿de dónde te conozco? Y le dije “de Ciudad Juárez, licenciado”. Luego recordó el programa de radio donde lo entrevistamos los periodistas Mario Héctor Silva, Sergio Guillermo Armendáriz Díaz, Daniel Valles y Rafael Navarro.
Era el tiempo en el que Calderón recorría las radiodifusoras de Ciudad Juárez en busca de un espacio para presentar un libro que hablaba de su visión de México.
El gobierno de Vicente Fox le había cerrado la mayoría de los espacios de radio y ese día fue acogido en el programa del grupo Acir, donde teníamos en extraño programa de análisis y noticias un grupo de periodistas fronterizos.
La entrevista duró una hora y media, entre las preguntas extraordinariamente elaboradas del maestro Armendáriz y los planteamientos siempre acuciosos de Daniel Valles, sin faltar la jocosidad y la profundidad en el conocimiento de la vida política del periodista Mario Héctor Silva.
Luego las carcajadas estridentes, encabezadas por la siempre pegajosa risa del ínclito analista y catedrático Sergio Armendáriz. Y Calderón estaba feliz.
Como no era el centro del país, en un principio, nos vio como ausentes de la temática política nacional; como chiquitos y orejones. Al final el elogio inmerecido. Aquel hombre de 1.69 metros de estatura confesó que nunca pensó que en provincia existieran periodistas que lo hicieran sudar y sentirse en un nivel analítico pocas veces experimentado.
Se lo agradecemos hasta hoy al licenciado Calderón, aunque aquella vez en Los Pinos tuvo a aquel pobre hombre a punto de orinarse en los pantalones y sudando la gota gorda en aquella fila de periodistas que esperó cuatro horas para saludar al presidente.