El semáforo de la inmoralidad

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Por Gil Miranda:

El semáforo de riesgo epidemiológico nunca debió existir, ni siquiera en el punto de máximos contagios. La clase política no nos cuidó de nada, se cuidó a sí misma. Lo que le hicieron a la ciudadanía fue inmoral, las medidas que tomaron fueron absolutamente coercitivas.

En cuanto a la inutilidad del semáforo de riesgo epidemiológico, es obvio decir que el virus no distingue entre el rojo, el amarillo y el verde. El riesgo de contagio siempre está ahí, en cualquier momento y en cualquier lugar. Lo que debieron hacer fue explicar, con total claridad, el riesgo de contagio y que cada ciudadano asumiera el peligro y los costos del problema de salud derivado de sus decisiones personales.

Y quizá usted se preguntará: ¿Cómo vamos a dejar un problema de salud en manos de los ciudadanos? Y yo le pregunto: ¿Y por que habríamos de dejar nuestra salud en manos de la clase política? Desde antes de la emergencia sanitaria, todos los ciudadanos, sabíamos que los servicios de salud pública eran enormemente deficientes.

No había razón para poner nuestro bienestar en manos de las instituciones de salud pública. Cada ciudadano, por decisión personal, debió calcular los riesgos de contagiarse, los costos económicos y las consecuencias físicas de la enfermedad, y posteriormente concluir si valía o no valía la pena cuidarse más o cuidarse menos.

Ningún ciudadano, en su sano juicio, es capaz de atentar contra sí mismo y contra su propia salud, por lo que su decisión individual era, sin lugar a duda, la más razonable para su propio bienestar físico y económico.

Cuando las autoridades decidieron implementar el semáforo de riesgo epidemiológico y tomar decisiones, aparentemente razonadas y en supuesto beneficio de los ciudadanos, comenzó la descoordinación, que provocó que los ciudadanos tuvieran comportamientos totalmente incongruentes.

Pongamos un ejemplo que fue sumamente polémico: limitaron la venta de alcohol durante ciertos días y horarios. ¿Qué fue lo que provocaron? Un incremento en la demanda de alcohol. ¿Cómo alteraron el comportamiento social? Excitaron a la gente a realizar enormes filas afuera de los locales con venta de alcohol.

A toda esa gente que decidió asumir el riesgo de realizar una fila para comprar alcohol, se la debió obligar a asumir los costos de su decisión. Porque nadie que cuida su salud hubiera asumido ese riesgo, una persona que valora su salud incluso hubiera preferido dejar de tomar alcohol. Y si los ciudadanos decidieron hacer la fila para la licorería, también debieron dejarlos hacer la fila para el hospital. El problema es que a los políticos les gusta intervenir.

Pero, además, esa intervención no solo fue inmoral desde el punto de vista de la salud, sino desde el punto de vista económico. Porque obligaron a los ciudadanos, dueños de negocios, a cerrar y eliminarles sus fuentes de ingresos. Y lo grave es que no fue a todos, porque la ciudadanía, claramente, sabe a qué empresas y a qué empresarios se les benefició con los cierres. Esas decisiones quebraron negocios, arruinando a familias y dejando a trabajadores sin empleo.

Ahora, no conformes con eso, determinaron qué negocios eran esenciales y qué negocios no, sin considerar que, por ejemplo: para un peluquero, su peluquería es un negocio esencial debido a que es su principal fuente de ingresos y si un ciudadano requiere un corte de pelo urgente para acudir a una entrevista de trabajo, ese corte de pelo también es esencial para conseguir el trabajo y mejorar el bienestar de ese ciudadano.

Hicieron todo mal en la salud y en la economía, y ahora las cosas no están mejor.