Pacto en la sombra… ¿o globo de ensayo?

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por Talcual
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En política, lo que se dice en una mesa de análisis rara vez es casual. Y cuando la afirmación proviene de un periodista con la trayectoria de José Fonseca, menos aún. En el programa de Joaquín López-Dóriga, el decano comunicador soltó una versión que cimbró el tablero político de Chihuahua: un presunto pacto entre la gobernadora Maru Campos y el alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar, para que éste último sea el candidato a la gubernatura.

La sola insinuación tiene implicaciones profundas. De confirmarse, estaríamos frente a un acuerdo transexenal que desdibujaría las fronteras partidistas tradicionales y reconfiguraría alianzas rumbo a la sucesión estatal. No sería la primera vez que la política chihuahuense se mueve más por pragmatismo que por ideología, pero sí sería uno de los movimientos más audaces de los últimos años.

El contexto no es menor. Hace apenas unos días, las declaraciones de Adán Augusto López generaron una oleada de reacciones políticas y mediáticas. Chihuahua está en un momento de alta sensibilidad rumbo al 2027, y cualquier señal de acuerdos anticipados sacude aspiraciones, acelera estrategias y crispa a los grupos internos. Si lo dicho por Fonseca tiene sustento, el reacomodo será inevitable. Y si no lo tiene, el simple rumor ya cumplió una función: medir resistencias.

Cruz Pérez Cuéllar y Maru Campos

En la misma mesa, Roy Campos puso el freno. El analista señaló que no existía evidencia que respaldara lo afirmado por el autor de Café Político. Esa precisión no es menor. En tiempos donde la narrativa suele imponerse sobre los datos, exigir pruebas es un ejercicio de responsabilidad. La política mexicana está saturada de versiones que operan como globos de ensayo: se lanzan, se observan las reacciones y, dependiendo del clima, se confirman o se desvanecen.

La pregunta de fondo no es sólo si existe o no el pacto. La interrogante real es a quién beneficia que se hable de él. ¿Fortalece a Cruz Pérez Cuéllar posicionándolo como el aspirante inevitable? ¿Le permite a Maru Campos enviar un mensaje de control sobre la sucesión? ¿O busca tensionar a Morena en un estado donde la competencia será feroz?

En política, las versiones también son instrumentos de poder. Y aunque Roy Campos tenga razón al pedir evidencia, el hecho político ya ocurrió: la posibilidad de un acuerdo fue puesta sobre la mesa nacional.

Porque en el ajedrez político, a veces lo más importante no es el pacto… sino la percepción de que existe.

Cuauhtémoc Estrada: tiempos, disciplina y la carrera que ya empezó

Cuauhtémoc Estrada ya levantó la mano

En la política, el que respira, aspira. Y en Chihuahua, donde la sucesión gubernamental de 2027 ya comienza a dibujarse en el horizonte, el diputado Cuauhtémoc Estrada ha decidido no ocultar lo evidente: quiere competir por la gubernatura. Lo dice sin estridencias, sin romper filas y, sobre todo, sin adelantarse —formalmente— a los tiempos que marca la ley y su partido.

Con una trayectoria consolidada en el Congreso local y convertido en una de las voces más visibles de Morena en el estado, Estrada ha construido su perfil bajo una narrativa clara: legalidad, disciplina interna y apego institucional. No es casual el mensaje. En un escenario donde otros actores se mueven con mayor intensidad mediática, el legislador apuesta por el terreno que mejor domina: el trabajo parlamentario como carta de presentación.

“Los tiempos los marca la ley”, recordó al precisar que el proceso electoral inicia formalmente el 1 de octubre. El señalamiento no es menor. En Morena, donde las definiciones suelen pasar por encuestas internas y decisiones de la dirigencia nacional, el respeto a las reglas internas es tan importante como la competitividad externa. Estrada lo sabe y se coloca en esa lógica: aspirante sí, pero disciplinado.

Su afirmación de que “la mejor carta de presentación es el trabajo” encierra una estrategia. En un contexto donde la narrativa política suele construirse desde la confrontación o el espectáculo, él insiste en la construcción institucional. Es un posicionamiento que busca diferenciarse sin confrontar abiertamente, consolidar sin dividir.

También fue cuidadoso al hablar de las encuestas. Morena, dijo, aparece por encima del PRI y del PAN en la entidad. Sin embargo, matizó con una frase que revela oficio político: los números “son una foto del día”. Reconoce la ventaja, pero no cae en la soberbia. Entiende que en política las tendencias cambian y que ningún resultado está garantizado a casi dos años de la elección.

La carrera rumbo a 2027 aún no inicia oficialmente, pero en los hechos ya comenzó. Y mientras otros mueven piezas en el tablero, Cuauhtémoc Estrada envía un mensaje claro: está listo para competir, pero lo hará bajo las reglas del partido y del calendario electoral.

En Morena, donde la unidad es discurso y desafío permanente, el equilibrio entre aspiración personal y disciplina colectiva será determinante. Estrada ha optado por caminar esa línea con cautela. Falta ver si el tiempo —y las encuestas futuras— confirman que el trabajo legislativo es suficiente para convertirse en candidatura.

Porque en política, respetar los tiempos también es una forma de hacer campaña.

La 4T sin árbitro

La presidenta de México

Ah, cómo les hace falta Andrés Manuel López Obrador a los morenos. Podrá gustar o no su estilo, pero algo es innegable: mientras él estuvo al frente, la disciplina interna era ley. Hoy, sin el liderazgo central que ordenaba, callaba o alineaba, lo que vemos es una batalla campal donde las lealtades se diluyen y los trapitos sucios se ventilan sin pudor.

La presidenta Claudia Sheinbaum enfrenta una realidad compleja. A los desafíos propios de gobernar el país se suma un frente interno que parece desbordado. Las figuras más visibles de la llamada Cuarta Transformación no sólo discrepan: se acusan, se descalifican y se señalan con señalamientos graves que van desde corrupción hasta lavado de dinero.

Julio Scherer acusa a Jesús Ramírez de abrir la puerta a dinero sucio y de utilizar el poder para enriquecerse. Ramírez responde con insultos y negaciones. Gerardo Fernández Noroña pide cárcel. Ricardo Monreal llama mentirosa y nepotista a la gobernadora de Campeche, Layda Sansores, quien devuelve el golpe sin titubeos. El intercambio no es menor: son miembros del mismo movimiento lanzándose acusaciones que, de ser ciertas, tendrían consecuencias penales.

El espectáculo salpica inevitablemente hasta el escritorio de López Obrador. Porque aunque ya no gobierne, su figura sigue siendo el referente moral y político del movimiento. Y lo que hoy se exhibe es la fractura de esa unidad que durante años se presentó como virtud distintiva frente a los partidos tradicionales.

La pregunta es inevitable: ¿quién manda en la 4T? La respuesta, al menos por ahora, parece ser nadie. O peor aún, muchos al mismo tiempo. Sin un liderazgo que imponga orden o marque límites, las disputas internas se convierten en espectáculo público. Y cuando el conflicto deja de ser estratégico para volverse personal, el costo político es alto.

Lo más delicado no es que existan diferencias; en cualquier fuerza política madura deberían existir. Lo preocupante es el nivel de las acusaciones y el tono de linchamiento mutuo. Cuando los líderes se señalan entre sí por corrupción y tráfico de influencias, el daño no lo causa la oposición: lo provocan desde dentro.

La narrativa de la transformación corre el riesgo de convertirse en novela de suspenso, donde cada capítulo revela un nuevo escándalo protagonizado por quienes prometieron erradicar esas prácticas. Y si algo queda claro en este episodio es que el “cochinero” ya no lo denuncian los adversarios: lo gritan los propios protagonistas.

Sin árbitro visible y con ambiciones en plena ebullición rumbo a los próximos procesos electorales, la 4T enfrenta su prueba más difícil: demostrar que puede sobrevivir sin el liderazgo unipersonal que la cohesionaba.

Porque gobernar un país es complejo. Pero gobernar un movimiento dividido puede ser aún más complicado.

 

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