El 8 de marzo suele dejar muchas postales. Algunas incómodas, otras necesarias. Pero este año, frente al monumento a Benito Juárez, apareció una de esas imágenes que a más de uno le provocó sudor frío: un tendedero enorme donde se exhibían nombres, fotografías y señalamientos de presuntos generadores de violencia contra las mujeres.
Nada nuevo en la dinámica de las marchas del 8M. Los tendederos se han vuelto una forma de denuncia pública cuando las instituciones no alcanzan —o no quieren alcanzar— a responder. Lo llamativo esta vez fue quiénes aparecieron colgados en ese improvisado muro de señalamientos.
Entre los nombres figuraban varios agentes de la Secretaría de Seguridad Pública del Estado (SSPE).
Sí, policías.
Y no policías cualesquiera.
Las pancartas señalaban directamente a elementos bajo el mando del secretario Gilberto Loya, a quien en los pasillos políticos y policiacos conocen con el peculiar apodo del “Cachorro de la Cruz”.
Entre las fotografías que más llamaron la atención estaba la de Enrique Oceguera, identificado como Director de Inteligencia de la SSPE. Las denunciantes afirmaron públicamente que el jefe policiaco presuntamente ofrece plazas o favores laborales a cambio de sexo. Según los testimonios colocados en el tendedero, algunas mujeres dentro de la corporación tendrían que “convencerlo” si quieren renovar contrato o mantener su posición.

Las acusaciones no se quedaron ahí. También lo describieron como aficionado a la bebida, al grado —según las denuncias exhibidas— de presentarse a trabajar “medio alegre” y aprovechar la circunstancia para acosar a subordinadas.
Eso fue lo que se leyó. Eso fue lo que se denunció. Y eso fue lo que quedó colgado frente a todos.
Otro nombre balconeado fue el de César Andrade Briones, policía estatal. En su caso, el señalamiento fue distinto pero igual de escandaloso: lo acusan de negarse a reconocer a un hijo con autismo y de evadir las demandas legales de paternidad.
Historias personales que, al exponerse públicamente, terminan convirtiéndose en asuntos políticos.
Porque cuando los nombres aparecen ligados a una corporación policiaca, el problema deja de ser privado.
Se vuelve institucional.
Y ahí es donde inevitablemente surge la pregunta incómoda: ¿qué tanto sabe el jefe?
El secretario Gilberto Loya, el famoso “Cachorro de la Cruz”, tendría que saber qué pasa con sus muchachos. Aunque en los corrillos políticos hay quien dice que el secretario es más bien figura decorativa, un funcionario sentado en la silla por requisito administrativo mientras otros mueven realmente las piezas dentro de la corporación.
En su natal La Cruz, cuentan los paisanos que Gilberto Loya siempre fue un hombre tranquilo. Tan tranquilo que —según dicen con ironía— ni siquiera conocía las armas de fuego. Lo suyo, recuerdan, era cazar pajaritos con resortera.
La política, sin embargo, tiene esa curiosa capacidad de transformar cazadores de resortera en jefes de policía.
Y también tiene la mala costumbre de exhibir, tarde o temprano, lo que se intenta mantener bajo la mesa.
Por eso el tendedero del 8 de marzo no solo colgó nombres.
Colgó preguntas.
Y esas, por lo general, son mucho más difíciles de bajar.
Cuando la lengua corre más rápido que la política

Cruz y la Gober Maru Campos
En política hay errores… y luego están esos errores que parecen hechos con dedicación artesanal. De esos que nadie mide, pero todos pagan. Algo así ocurrió con la gobernadora de Chihuahua, Maru Campos, durante su informe.
Primero habló con entusiasmo del apoyo a la capital del estado. Hasta ahí, todo normal. El detalle vino después, cuando decidió corregir el rumbo y mencionar también a la fronteriza Ciudad Juárez. Pero por si la cosa no había quedado suficientemente enredada, terminó de aderezarla en el programa de Ciro Gómez Leyva, donde hizo una peculiar distinción entre Chihuahua y Juárez: los “chihuahuitas” y los “juaritos”.
Una frase que quizá buscaba ser coloquial terminó convertida en gasolina política. Y claro, alguien tenía que aprovechar la chispa. Ese alguien fue el alcalde juarense, Cruz Pérez Cuéllar, quien no dejó pasar la oportunidad de subirse al ring.
El llamado por la oposición “neomorenista” —etiqueta que le queda tan ajustada como incómoda— ya comenzó a hacerle contracampaña al partido que lo cobijó no hace tantos años. Curioso ejercicio político: morder la mano que alguna vez dio cobijo, mientras todavía se mantiene uno sentado en la mesa del gobierno local.
Pero en política nada es casual. Pérez Cuéllar, como varios de los aspirantes a la gubernatura, anda en modo turista electoral recorriendo el estado. Eso sí, ahora con una versión más moderada de sí mismo: menos belicoso, menos peleonero y, aparentemente, más conciliador. La metamorfosis clásica de quien quiere pedir el voto más allá de su territorio.
El problema es que internet tiene memoria. Y en redes sociales todavía circula una campaña patrocinada por su propio gobierno donde se refiere a los habitantes de Ciudad Juárez como “Juaritos”, una etiqueta que —según la narrativa de entonces— servía para diferenciar a los fronterizos del resto del estado.
Durante meses el alcalde alimentó la histórica rivalidad entre “chihuahuitas” y “juaritos”, promoviendo la idea de que los fronterizos eran mejores que los de la capital. Pero ahora que el horizonte electoral apunta hacia la gubernatura, parece que la estrategia cambió: hay que fumar la pipa de la paz con Chihuahua capital.
De pronto, quienes durante más de cuatro años fueron objeto de desdén ahora merecen respeto. Y quienes repiten sus propias palabras reciben ahora sermones sobre unidad estatal. Según el nuevo discurso, todos somos “chihuahuenses”.
Hágame el favor.
Porque Chihuahua capital no es cualquier plaza: es una ciudad tradicional, sede de los tres poderes del estado y bastión político del PAN desde hace más de una década. Un territorio donde las memorias políticas suelen ser largas… y las disculpas tardías.
La pregunta no es si Cruz Pérez Cuéllar quiere ser gobernador. Eso es evidente. La verdadera incógnita es si Chihuahua capital estará dispuesta a perdonar a un alcalde fronterizo que durante años convirtió la rivalidad regional en discurso político.
En política, como en la vida, hay frases que se dicen en campaña… y otras que regresan en campaña.
Y las redes sociales, para desgracia de muchos políticos, nunca olvidan.
Moral de papel, campañas de acero

En Morena siempre han sido muy afectos a los principios. Los repiten como mantra: no robar, no mentir y no traicionar. Tres frases que caben perfecto en una manta, en un discurso o en una conferencia mañanera. Lo complicado, como suele pasar en política, es aplicarlos fuera del micrófono.
Por eso el Consejo Político del partido decidió ampliar su catálogo ético. Como si los tres principios originales necesitaran compañía para ver si así alguien se anima a cumplirlos.
El nuevo decálogo suena impecable:
no adelantarse a las campañas, respetar los tiempos electorales, no organizar reuniones masivas, no contratar espectaculares, no repartir despensas ni electrodomésticos, no usar dinero público y evitar cualquier forma de promoción anticipada.
En papel, una joya.
En la realidad… bueno, digamos que la política mexicana tiene una larga tradición de reglas que se anuncian con solemnidad y se olvidan con rapidez.
Porque en ese mismo Consejo también se acordó que a finales de junio se designarán los coordinadores estatales en defensa de la Cuarta Transformación, figuras que —casualmente— suelen convertirse más tarde en candidatos oficiales para las elecciones de 2027.
Es decir, primero “defienden el movimiento” y después, por obra y gracia de las encuestas, terminan en la boleta. Una fórmula tan conocida que ya casi parece franquicia electoral.
Mientras tanto, la narrativa oficial continúa chocando con los hechos. En el discurso se habla de honestidad política, pero en la memoria colectiva todavía flotan promesas que el tiempo fue acomodando en el cajón de los recuerdos incómodos: el sistema de salud como Dinamarca, la gasolina a diez pesos o un Tren Maya que —según se decía— no tendría impacto ambiental.
A eso se suma un detalle poco menor: la deuda pública creciendo a velocidad considerable, algo que tampoco suele aparecer en los discursos de austeridad.
Y si miramos hacia Chihuahua, los ejemplos prácticos del nuevo decálogo morenista también abundan.
Por distintos puntos del estado han aparecido espectaculares, flayers y propaganda vinculados a la senadora Andrea Chávez, cuya imagen durante meses acompañó una gira de consultorios médicos itinerantes. Los consultorios ya se detuvieron, pero la promoción política parece gozar de excelente salud.
Algo parecido ocurre con el alcalde de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar, también aspirante a la gubernatura. En semanas recientes el estado se llenó de espectaculares con su imagen, mientras su agenda pública incluye giras constantes y la entrega de ambulancias o unidades de bomberos a distintos municipios.
Acciones loables, sin duda.
Solo que, en tiempos políticos, la generosidad institucional suele interpretarse con lentes electorales.
Desde luego, en el PAN tampoco cantan mal las rancheras. La política mexicana es generosa cuando se trata de encontrar contradicciones. Pero hay una diferencia interesante: la crítica cae con más fuerza sobre Morena, porque es un partido que hizo de la austeridad, la honestidad y la ética pública su principal bandera.
Y cuando uno levanta la bandera moral tan alto, el problema es que todo mundo alcanza a ver cuando se cae.
Así que Morena tiene hoy un nuevo catálogo de reglas éticas. Muy bien redactadas, por cierto.
El reto ahora será algo mucho más complicado:
que alguien dentro del partido se anime a cumplirlas.


