Paradojas de la política —y de las buenas— se vivieron en tierras chihuahuitas. Mientras muchos siguen creyendo que las gubernaturas se operan desde la comodidad del escritorio, hay quienes ya entendieron que en política el territorio no se administra: se camina. Y en esas anda Cruz Pérez Cuéllar, alcalde de Ciudad Juárez, que no quita el pie del acelerador rumbo al 2027.
Porque si algo está claro es que Chihuahua no se gana desde Palacio, ese que se levanta entre la avenida Aldama y la calle Venustiano Carranza. No. Aquí hay que ensuciarse los zapatos, recorrer colonias, estrechar manos, ir con los medios de comunicación a entrevistas y dejarse ver. Y eso, guste o no, Cruz lo está haciendo. -Ojalá y en Juárez ya acepte Cruz la entrevista que ha estado buscado por todos lados Tal Cual, sus periodistas Luis Carlos Carrasco y Rafael Navarro.
Bueno, ayer tocó la capital. No fue gira institucional ni acto protocolario: fue operación política en toda regla. El punto de encuentro, con nombre que parece guiño del destino, fue Los Chapulines. Y ahí, entre café, sonrisas y seguramente más de una promesa, se sentaron a la mesa personajes que saben perfectamente cómo se mueve el ajedrez local.
Marco Quezada y Miguel La Torre, ambos con pasado priista bien curtido, hoy reciclados en Morena, fueron los anfitriones. Chapulines, dirán algunos; operadores experimentados, dirán otros. La política, al final, es cuestión de perspectiva… y de supervivencia.
La fotografía no tardó en aparecer —porque en estos tiempos lo que no se publica, no existe—. Cruz, fiel a su estilo, compartió el momento en redes sociales, agradeciendo la apertura al diálogo, al intercambio de ideas y, por supuesto, a la construcción de proyectos comunes. Traducido al lenguaje real: se están alineando fichas.
Y no es menor. Chihuahua capital no es cualquier plaza. Es terreno complejo, históricamente adverso para Morena, donde las lealtades se construyen con paciencia —y a veces, con viejos conocidos que ahora visten de guinda—. Ahí es donde Cruz sabe que tiene que crecer si quiere que su aspiración deje de ser regional y se convierta en estatal.
El mensaje es claro: no se trata sólo de gobernar Juárez con buenos números, sino de tejer alianzas, sumar estructuras y, sobre todo, dejar de ser un fenómeno fronterizo para convertirse en opción viable en todo el estado.
¿Incongruencia ideológica? Tal vez. ¿Pragmatismo político? Sin duda. Porque en la política mexicana las etiquetas pesan menos que los resultados, y los saltos de partido ya no escandalizan a nadie; al contrario, se normalizan como parte del juego.
Así, entre chapulines —los del restaurante y los de la política—, Cruz Pérez Cuéllar sigue avanzando. Paso a paso, foto a foto, reunión tras reunión. Porque si algo tiene claro es que el 2027 no se improvisa.
Se construye. Y ya empezó.
El Famosos Plan B o C ya está aquí

Llegó el famoso Plan B —doble B o hasta C— que, en esencia, no es otra cosa que la misma reforma electoral rechazada anteriormente, pero reempaquetada. En el fondo, la propuesta conserva una intención clara: avanzar hacia un esquema de poder concentrado que, en la práctica, se asemeja a la construcción de un partido de Estado, con Morena como eje dominante, controlando las reglas, los árbitros y, eventualmente, los resultados.
La iniciativa ya aterrizó en el Congreso Federal y fue turnada a comisiones, donde se anticipa un trámite ágil. Nada sorprendente. Lo interesante está en el reacomodo político: partidos aliados que antes frenaron la reforma —como el PT y el Verde— ahora parecen listos para acompañarla. ¿Convicción democrática? Difícil sostenerlo. Más bien, todo apunta a una negociación pragmática: candidaturas, posiciones locales y cuotas de poder en estados clave como Quintana Roo, Aguascalientes y San Luis Potosí.
El Plan B no es sólo una reforma técnica; es una apuesta política de gran calado. En su lógica más profunda, reduce las condiciones de competencia para la oposición, fragmenta sus posibilidades y eleva los costos de supervivencia. El PAN podría resistir, sí, pero bajo un escenario de desgaste permanente y margen reducido. Para el resto, el panorama es aún más adverso.
Uno de los puntos más delicados es la intención de modificar mecanismos clave del proceso electoral. La eventual eliminación o debilitamiento del PREP, por ejemplo, no es un asunto menor: implica restar transparencia en la etapa más sensible de una elección. Si a eso se suma un rediseño institucional que concentra funciones, el riesgo es evidente: un árbitro con menor autonomía y mayor dependencia del poder político.
En paralelo, aparece otro elemento que llama la atención: la posible inclusión de la presidenta Claudia Sheinbaum en una boleta de revocación de mandato. A simple vista, resulta innecesario. Su nivel de respaldo es alto y su mandato apenas comienza. Entonces, ¿para qué someterla a una consulta?
La respuesta parece menos institucional y más estratégica. Colocarla en la boleta implicaría mantenerla en campaña permanente, movilizar estructuras y reforzar la presencia de Morena en un momento clave: la antesala de las elecciones intermedias. No sería una evaluación ciudadana, sino un instrumento de posicionamiento político.
Ahí está el núcleo del Plan B: no se trata únicamente de ajustes administrativos ni de austeridad electoral. Es una operación de fortalecimiento político de cara a un escenario que no es del todo cómodo para el oficialismo. La posibilidad de perder varias entidades o incluso la mayoría legislativa obliga a anticiparse, a cerrar filas y a asegurar condiciones más favorables.
Los argumentos de ahorro, reducción de sueldos o recortes al INE funcionan como narrativa pública, como mensaje dirigido a una base que desconfía de las instituciones y celebra la austeridad. Pero detrás de esa capa hay una lógica distinta: consolidar poder y minimizar riesgos.
Porque, al final, en política no hay casualidades. Y mucho menos cuando se trata de reformas electorales impulsadas desde el poder. Aquí no se está cediendo terreno; se está rediseñando el tablero.
Ahora le toca al PAN celebrar su Consejo Político

El próximo sábado, el PAN celebrará su Consejo Político Nacional, una cita que, sin exagerar, marcará el tono de la ruta rumbo a 2027. No habrá destapes ni nombres sobre la mesa —todavía—, pero sí algo igual o más importante: las reglas del juego.
En política, quien define el método suele definir el resultado. Y en ese sentido, lo que ocurra en ese Consejo no es un simple trámite interno, sino el primer filtro real para quienes aspiran a competir por candidaturas en los próximos comicios.
Uno de los puntos clave será, sin duda, el tema de las alianzas. El sí o el no, aunque difícilmente será absoluto. Todo apunta a que el PAN podría optar por esquemas diferenciados: coaliciones en algunas entidades, candidaturas comunes en ciertos distritos y, en otros casos, ir en solitario. Una estrategia flexible, sí, pero también riesgosa si no se ejecuta con precisión.
Habrá que ver si prevalece la línea que ha venido impulsando su dirigente nacional, Jorge Romero, quien ha dejado entrever una postura más selectiva respecto a las alianzas. No es un tema menor. Sobre la mesa está la experiencia reciente, donde casos como Chihuahua demostraron que la suma opositora puede ser competitiva y, en ciertos contextos, francamente eficaz.
El dilema es claro: apostar por la identidad partidista o privilegiar la rentabilidad electoral. Porque si algo ha enseñado la última década es que, frente a una fuerza dominante, la fragmentación suele ser sinónimo de derrota.
El Consejo no resolverá candidaturas, pero sí despejará el terreno para quienes ya están en campaña —aunque no lo digan—. Definir los métodos de selección, los tiempos internos y los criterios de competencia permitirá a los aspirantes medir con mayor claridad sus posibilidades reales. Saber si deberán construir desde la militancia, conquistar al electorado abierto o negociar en mesas políticas cambia completamente la estrategia.
Y ahí es donde comenzará la verdadera contienda: la interna. Porque antes de enfrentar a Morena o a cualquier otra fuerza, el PAN tendrá que ordenar su propia casa, procesar sus liderazgos y evitar que las decisiones sobre candidaturas se conviertan en fracturas.
Lo que está en juego este sábado no es menor. Es el diseño del tablero sobre el cual se jugará la elección de 2027. Y en política, como en el ajedrez, quien mueve primero —y mueve bien—, suele llevar ventaja.
El PAN está a punto de decidir cómo quiere competir. Después de eso, vendrá lo más complicado: demostrar que puede ganar.


