El PRI de Alejandro Moreno Cárdenas vuelve a subirse al tren de las fórmulas “creativas” para sortear —o de plano brincar— la legislación electoral. Ahora, con la figura de los llamados “Defensores de México”, el partido tricolor intenta replicar una estrategia que Morena ya probó con éxito: adelantar los tiempos de campaña bajo el disfraz de actividades informativas.
La jugada no es nueva, pero sí reveladora. Morena abrió la puerta desde el proceso pasado con sus “Defensores de la Cuarta Transformación” y aquellas giras que, en los hechos, fueron campañas anticipadas. Las famosas corcholatas recorrieron el país posicionándose sin asumir formalmente la etiqueta de candidatos. Funcionó. Y como suele suceder en la política mexicana, lo que funciona —aunque esté fuera del “deber ser”— rápidamente se convierte en modelo a imitar.
El PRI, que durante años fue sinónimo de control político y disciplina institucional, hoy parece reducido a copiar estrategias ajenas. La designación de estos “defensores” no solo evidencia la falta de innovación, sino también la normalización de prácticas que aprovechan vacíos legales. Vacíos que, por cierto, nadie tiene prisa por cerrar, quizá porque todos los actores políticos obtienen algún beneficio de ellos.
En Chihuahua, la designación de Tony Meléndez y Alejandro Domínguez como “defensores” abre una lectura clara: ambos están en la antesala de una eventual candidatura a la gubernatura. Sin embargo, el escenario dista mucho de ser sencillo. Todo apunta a que el PRI necesitará ir en alianza con el PAN, lo que inevitablemente reducirá su margen de maniobra y obligará a negociar candidaturas.
Ahí es donde la estrategia podría quedarse corta. Porque una cosa es posicionarse anticipadamente y otra muy distinta es lograr consensos dentro de una coalición donde los intereses no siempre coinciden. A nivel nacional, las dirigencias han marcado distancia respecto al aliancismo, pero en lo local la realidad política suele imponerse: ganar elecciones sigue siendo la prioridad.
El próximo Consejo Político Nacional del 21 de marzo será clave. Ahí se definirán reglas, tiempos y métodos que podrían dar mayor claridad —o abrir nuevas interrogantes— sobre el rumbo del partido. Pero más allá de los acuerdos formales, lo que ya queda claro es que la contienda rumbo a 2027 comenzó hace tiempo, aunque nadie quiera llamarla por su nombre.
Y mientras los partidos continúan explorando estas figuras “creativas”, no sería extraño que pronto veamos nuevos conceptos en el escaparate político: defensores de la familia, de la vida o de cualquier causa que permita, en los hechos, hacer campaña sin decir que se está en campaña.
Porque en la política mexicana, la imaginación no tiene límites… pero la ley, curiosamente, sí.
El Plan B un Borrador con Errores

El famoso “Plan B” de la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo resultó ser, como suele pasar con los planes alternativos, un borrador con prisas… y con errores. Tan evidentes, que ni siquiera alcanzó a llegar con dignidad a comisiones en la Cámara de Diputados: fue retirado antes de que alguien lo leyera en voz alta y empezaran las preguntas incómodas.
Porque sí, el detalle no era menor. En el intento de meterle mano al artículo 115 constitucional —ese pequeño apartado que garantiza la autonomía municipal— se les pasó un “insignificante” punto: la paridad de género en los ayuntamientos. Nada grave, solo un derecho ya consolidado que ha sido capaz de tumbar triunfos electorales. Un tecnicismo, dirían algunos.
Resulta curioso que en un gobierno donde se repite como mantra el “llegamos todas”, de pronto “no llegaran” en el papel. Quizá fue un lapsus, un descuido, o tal vez una interpretación flexible del concepto. Porque si algo ha quedado claro es que el discurso puede ser amplio… aunque la realidad, como bien saben las madres buscadoras, suele ser bastante más cruda y específica.
El punto es que la reforma tuvo que frenar en seco. Y ahora viene lo inevitable: corregir lo que no debió salir mal desde el inicio. Lo cual abre preguntas bastante terrenales: ¿quién redacta estas iniciativas?, ¿quién las revisa?, y sobre todo, ¿por qué la prisa?
Porque hablamos de una reforma impulsada desde la Presidencia, no de un trabajo escolar entregado cinco minutos antes de la clase. Se supone que existen equipos técnicos, comisiones especializadas y toda una maquinaria institucional para evitar exactamente esto: errores de primaria en temas constitucionales.
Pero en la política mexicana, la prisa suele ser mala consejera… y a veces también conveniente coartada.
No falta quien, con algo de malicia, sugiera que desde “La Chingada” —sí, el rancho convertido en centro de poder simbólico— alguien anda metiendo la pierna. Una zancadilla interna, de esas que en cualquier otro partido ameritarían sanción inmediata.
Claro, en Morena la disciplina tiene otra lógica. Los llamados “puros” rara vez encuentran culpables entre los suyos. Aquí no hay tarjetas rojas, apenas advertencias en voz baja… y si acaso, un retiro discreto de iniciativas incómodas.
Al final, el Plan B terminó siendo eso: un plan que no estaba listo. Y que, como suele suceder, dejó más dudas que certezas.
Pero no pasa nada. Total, siempre habrá un Plan C… o al menos tiempo para corregir el A.
Se sube al Ring, pero sin guantes la diputada María Rentería

FOTO DEL SOL DE MÉXICO
La diputada local de Morena, María Rentería, decidió subirse al ring político sin guantes… y sin revisar su propia esquina.
Todo comenzó cuando exigió la salida del secretario general de Gobierno, Santiago de la Peña Grajeda, por los problemas —reales, hay que decirlo— del transporte urbano en Ciudad Juárez. Una demanda legítima, si no fuera porque la respuesta llegó más rápido que el camión en hora pico: le sacaron la tarjeta de asistencia.
Y no precisamente por puntual. Porque más allá del discurso en tribuna, a la legisladora le recordaron su peculiar relación con el reloj y las comisiones legislativas: inasistencias, retardos y un desempeño que, digamos, no ha sido precisamente de tiempo completo.
Pero como en la política moderna todoescala rápidamente, el debate pasó de los resultados… a las etiquetas. Rentería acusó al funcionario de machista y misógino, aunque curiosamente decidió dejar el señalamiento en el terreno mediático, sin dar el siguiente paso hacia una instancia formal. Denuncia sin denuncia, pues.
Ahí es donde la narrativa empieza a hacer agua.
Porque mientras el discurso público se construye en defensa de causas legítimas, la memoria interna del propio grupo parlamentario juega en contra. Basta recordar el caso de su compañera de bancada, Rosana Díaz, quien mantiene un señalamiento por violencia política de género contra el coordinador morenista Cuauhtémoc Estrada. Un tema que, en su momento, no despertó la misma indignación ni el mismo acompañamiento por parte de la hoy muy combativa legisladora.
Y entonces surge la incómoda pregunta: ¿la vara es la misma para todos, o depende del momento y del destinatario?
Porque en política, como en el transporte que tanto se critica, la consistencia también debería ser un requisito básico. No se puede exigir puntualidad institucional cuando se llega tarde a la propia responsabilidad, ni se puede enarbolar causas selectivamente según convenga al debate del día.
Al final, la confrontación deja más ruido que resultados. Y en ese ruido, lo que queda claro es que dentro de Morena —al menos en el Congreso local— el discurso suele ir por un carril… y los hechos por otro.
Eso sí, ambos avanzan. Aunque no necesariamente en la misma dirección.


