Javier Corral El Estadounidense en busca de reflectores

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por Talcual
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Hay políticos que descubren el nacionalismo como quien encuentra una chamarra olvidada: justo cuando empieza el frío judicial. En ese club selecto parece haberse inscrito el ahora senador Javier Corral Jurado, quien —según sus críticos— pasó de gobernador a prófugo con una facilidad que ya quisieran los manuales de autoayuda.

El nuevo fervor patriótico de Corral tiene algo de revelación mística. De pronto, el senador se erige como guardián de la soberanía, indignado por la supuesta presencia de agentes de la CIA en un operativo en Chihuahua. Uno podría pensar que se trata de una defensa genuina del país… si no fuera porque el mismo personaje mantiene su nacionalidad estadounidense sin señales visibles de desprendimiento emocional (ni legal).

La escena es digna de análisis: Corral, presuntamente protegido por el fuero y la cobija política de Morena, exige cuentas a la gobernadora María Eugenia Campos y al fiscal César Jáuregui por un operativo que, irónicamente, logró lo que su administración nunca consiguió: desmantelar un laboratorio de metanfetaminas de dimensiones históricas. Porque sí, durante su gobierno el crimen organizado parecía gozar de una especie de amnistía práctica… o al menos de una notable discreción oficial.

Pero ahora hay enojo. Mucho. Tal vez por la muerte de los agentes estadounidenses, tal vez porque alguien decidió hacer el trabajo que no se hizo antes, o quizá porque el protagonismo no estaba reservado. En política, la indignación también compite por reflectores.

El acompañamiento del senador Juan Carlos Loera en esta cruzada no es menor. Ambos comparten algo más que bancada: el recuerdo fresco de una derrota electoral frente a la actual gobernadora. Y ya se sabe que en México la memoria política suele venir con factura pendiente.

Por supuesto, hay preguntas legítimas. La presencia de agentes extranjeros en operativos de seguridad nacional no es tema menor. Pero entonces la indignación debería dirigirse también hacia la Secretaría de la Defensa Nacional, que participó directamente. Pensar que no estaban enterados sería suponer que los militares operan con los ojos vendados, lo cual no solo es improbable, sino francamente ofensivo.

Mientras tanto, la narrativa oficial sigue su curso conocido: negar, matizar, reformular. Una especie de yoga discursivo donde todo se estira hasta que encaja. Y en ese ejercicio, la soberanía se convierte más en slogan que en principio.

Así que, mientras se aclara quién sabía qué y cuándo, queda flotando una duda incómoda: ¿de qué patria habla exactamente el senador Corral cuando levanta la voz? Porque si el nacionalismo es selectivo, entonces deja de ser convicción y se convierte en herramienta. Y de esas, en la política mexicana, sobran.

El silencio de Andrea Chávez y la salida de Luisa Alcalde 

¡Hey… guera! FOTO DE LA OPCIÓN

Hay silencios que dicen más que mil tuits, y luego está el de Andrea Chávez, que ya merece categoría propia. Porque si algo distinguía a la hoy senadora con licencia era su puntual presencia en redes sociales: opinaba del clima, del tráfico, de la agenda nacional y, si se ofrecía, hasta de la alineación de la selección. Pero, curiosamente, cuando el tema se volvió espinoso —soberanía, CIA y un laboratorio monumental en Chihuahua—, el teclado entró en huelga.

La ausencia no es menor. En un momento donde sus compañeros de partido descubren súbitamente el amor por la patria, Chávez optó por el noble arte de mirar hacia otro lado. Y eso, en política, no suele ser casualidad: suele ser cálculo.

Las explicaciones flotan en el aire. La primera es casi técnica: ya no hay fuero que amortigüe tropiezos. La segunda es más terrenal: la campaña por la gubernatura no se gana metiéndose en todos los charcos, sobre todo cuando algunos tienen profundidad federal. Y la tercera —la más interesante— apunta al reacomodo interno tras la salida de Luisa María Alcalde de la dirigencia de Morena. Porque cuando el tablero se mueve, las fichas prudentes dejan de hacer ruido.

En ese ajedrez, Chávez no está sola. Comparte esquina con Adán Augusto López Hernández, un aliado con suficiente peso específico como para que cualquier paso en falso se sienta hasta el sótano del partido. Y ambos, dicen los enterados, caminan al filo de un precipicio hecho de acusaciones, rumores y expedientes que podrían adquirir vida propia si Andrés Manuel López Obrador decide aflojar la última cuerda que sostiene ciertos equilibrios.

Por si fuera poco, desde Palacio Nacional no parece venir el salvavidas. Menos aún si el control partidista toma nuevos rumbos, con nombres como Ariadna Montiel sonando en la mesa. En ese contexto, hablar de más puede ser tan riesgoso como callar de menos.

Así que Chávez hace lo que muchos en su posición harían: administrar el silencio como si fuera capital político. Porque en tiempos de turbulencia interna, no declarar también es una forma de posicionarse. Y vaya que se nota.

Berthita. El Regreso Inesperado

En política —y en asuntos judiciales— hay puertas giratorias, pero no todas conducen a la salida. Que lo diga Berthita Gómez, quien pasó de la relativa comodidad de un proceso domiciliario a reencontrarse con las paredes del centro de detención del ICE en El Paso. Un regreso poco turístico y bastante más revelador.

El giro no es menor. Un juez que primero concede y luego revoca no actúa por capricho; más bien, suele responder a nueva información o a viejos expedientes que de pronto se vuelven imposibles de ignorar. Y ahí es donde aparece el detalle incómodo: en Chihuahua, la señora enfrenta órdenes de aprehensión por robo y peculado agravado que, hasta ahora, habían sobrevivido en pausa gracias a una coreografía de amparos.

El mensaje entre líneas es claro: en Estados Unidos no están especialmente impresionados por las acrobacias legales al sur de la frontera. Cuando el historial empieza a pesar más que los argumentos, los beneficios procesales se evaporan con notable rapidez.

Y entonces se abre el menú de opciones, ninguna precisamente reconfortante. Está la deportación en modo exprés —ese trámite que convierte maletas en urgencia— o la más elaborada extradición, que implica desempolvar acuerdos bilaterales y activar la maquinaria diplomática entre México y Estados Unidos. En ambos casos, el margen de maniobra se reduce a lo esencial: esperar.

Por supuesto, el impacto no se limita a Berthita. En paralelo, su esposo, el exgobernador César Duarte, observa el tablero desde el Centro Federal de Readaptación Social No. 1 Altiplano, donde las noticias no suelen mejorar con el tiempo. Más bien, tienden a complicarse.

Así, el caso vuelve a tensarse, recordando que la justicia —sobre todo cuando cruza fronteras— tiene tiempos propios y poca paciencia para los atajos. Porque si algo queda claro en este episodio es que el frente internacional no es un trámite secundario: es, quizá, el capítulo más decisivo de todos.

 

 

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