Crónica de José Lerma González

José Lerma, artista juarense formado en la UACJ, combina muralismo y realismo fotográfico para crear un lenguaje mixto en sus obras —El Caballero, El Explorador y Mis Recuerdos— articulan ética, apertura y memoria en la ideología fronteriza contemporánea.

por Talcual
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Por Jack Ro

Cd. Juárez.– La narrativa artística de José Lerma González se origina en la infancia, cuando el dibujo dejó de ser un pasatiempo para convertirse en una forma de respirar. En su trayectoria el dibujo se convierte en una forma de imaginar y abstraerse de los pensamientos del arte, fusionándose con su alma y su espíritu para crear y manifestar la realidad.

Este proceso no sólo define su práctica técnica, sino que constituye una dimensión ontológica de su creación: el acto de dibujar se transforma en una experiencia de interioridad, donde la línea y el color son extensiones de la conciencia. Lerma concibe el dibujo como un ejercicio de introspección y revelación. En cada trazo, la imaginación se vuelve respiración estética, y la abstracción se convierte en puente entre lo visible y lo invisible.

De tal forma, su obra no se limita a representar el mundo, sino que lo reinterpreta desde la sensibilidad del alma, haciendo del gesto pictórico una manifestación espiritual de la realidad. Desde esos primeros trazos, su vocación se consolidó como una búsqueda de sentido a través de la imagen.

En su obra, la narrativa pictórica se manifiesta mediante la proyección visual que se produce en el soporte —ya sea papel o lienzo—, donde las formas, los gestos y la disposición de los elementos configuran un discurso que involucra al espectador y despierta emociones.

La pintura narrativa se articula como un lenguaje visual capaz de contar historias mediante la composición, la secuencia de eventos o la creación de atmósferas que evocan estados de ánimo. Este proceso convierte la imagen en un espacio de interpretación simbólica, donde cada trazo y cada color funcionan como signos dentro de una estructura semiótica.

LA OBRA IMPORTANTE DEL ARTISTA!

En este contexto, la iconografía y la iconología adquieren un papel esencial. La primera permite identificar lo representado, mientras que la segunda indaga en su significado profundo. Ambas dimensiones son fundamentales para comprender cómo la pintura narrativa traduce la experiencia visual en pensamiento estético, revelando los vínculos entre forma, contenido y sentido.

Así, la obra de Lerma se inscribe en una tradición que concibe la pintura como relato y reflexión, donde la proyección visual se convierte en metáfora de la respiración artística: un acto vital que une técnica, emoción y memoria.

La línea y la forma se convirtieron en hábito, en disciplina que lo acompañó hasta la madurez. En Ciudad Juárez, donde la frontera marca cada gesto, Lerma aprendió que el arte podía ser refugio y también arma: necesidad vital más que oficio.

Su formación en el Taller de Arte de la Universidad Autónoma de Ciudad Juárez (UACJ) fue decisiva. Allí descubrió la práctica colectiva y la exposición pública, comprendiendo que el arte no se limita al estudio privado, sino que se expande hacia la comunidad.

Las primeras muestras en museos y centros culturales marcaron su ingreso a la escena fronteriza, situándolo en un espacio donde tradición y modernidad dialogan y se funden en una sola.

La producción de Lerma se sostiene en dos ejes: el muralismo, y el realismo fotográfico, que le permite capturar con precisión los detalles de la realidad. Este cruce genera un lenguaje de fusión: monumental y social, pero también íntimo y minucioso. El mural, como soporte de memoria, se convierte en un espacio público de diálogo urbano.

El realismo fotográfico, en cambio, ofrece contundencia visual, fidelidad que convierte cada rostro y cada paisaje urbano en signo de realidad. La tensión entre ambos lenguajes revela la identidad plástica de Lerma: un artista que une tradición y contemporaneidad, comunidad y técnica.Su pertenencia al Colectivo Arte Juárez refuerza este compromiso. No es un gesto anecdótico, sino una apuesta por la genealogía plástica juarense, por la construcción de un discurso colectivo que se inscribe en la frontera norte.

La obra de Lerma puede leerse desde tres perspectivas: La primera desde la Iconografía que en sus escenas cotidianas, rostros y paisajes urbanos describen con fidelidad fotográfica las atmósferas, personajes y paisajes de sus pinturas. En la Iconología tiene un compromiso con la memoria social, diálogo con la tradición muralista y la contemporaneidad.

En la interpretación de la crítica el arte es visto como un acto de comunicación, espacio de diálogo comunitario. La autocrítica reconoce que la fidelidad fotográfica puede limitar la imaginación simbólica, pero también celebra que esa precisión sea un gesto de honestidad estética. Los títulos de sus obras —El Caballero, El Explorador y Mis Recuerdos— revelan un tríptico simbólico que articula ética, apertura y memoria.

El Caballero: arquetipo medieval resignificado en la frontera, símbolo de resistencia cultural y guardián de valores. La armadura, el manto rojo y la espada dorada dialogan con la memoria histórica y la condición humana. El Explorador: viajero solitario en el desierto, metáfora de tránsito e identidad.

Las huellas en la arena y el horizonte encendido sugieren memoria y futuro, movilidad como identidad. Mis Recuerdos: archivo íntimo convertido en patrimonio cultural, acto de recuperación frente al olvido, memoria como resistencia política y estética. En conjunto, los tres títulos inscriben a Lerma en la ideología fronteriza como proceso en formación, donde mito, ciencia, literatura y contexto histórico se funden en un discurso cosmopolita.

El aporte de Lerma radica en su capacidad de unir tradición y contemporaneidad. Su muralismo lo conecta con la genealogía mexicana, mientras que su realismo fotográfico lo sitúa en un horizonte global. La crítica reconoce su fuerza en el compromiso social y comunitario, pero advierte la necesidad de ampliar su lenguaje simbólico: explorar metáforas más allá de la representación literal, incorporar elementos de abstracción o experimentación que fortalezcan su identidad plástica.

En la frontera norte, Lerma aporta una mirada que combina precisión visual y compromiso social, consolidando su lugar en la genealogía del arte juarense. Su obra es puente entre pasado y presente, entre comunidad y técnica, entre lo íntimo y lo monumental.

La trayectoria de José Lerma se construye desde la constancia y la disciplina, iniciada en la infancia con el dibujo como necesidad vital y consolidada en la formación académica en la UACJ. Este origen lo vincula con la comunidad artística fronteriza y lo sitúa en un espacio donde la tradición y la modernidad dialogan. Su obra se sostiene en dos ejes fundamentales: el muralismo, heredero de la tradición prehispánica y de la revolución mexicana, y el realismo fotográfico, que le permite una fidelidad técnica contundente.

La combinación de ambos genera un lenguaje híbrido: monumental y social, pero también íntimo y detallado. La crítica reconoce que sus murales y lienzos describen escenas cotidianas y rostros con precisión, pero también que su fuerza radica en el compromiso con la memoria social y el diálogo comunitario.

La autocrítica advierte que la fidelidad fotográfica puede limitar la imaginación simbólica, señalando la necesidad de ampliar su lenguaje hacia metáforas y abstracciones.

Los títulos de sus obras —El Caballero, El Explorador y Mis Recuerdos— revelan un tríptico simbólico que articula ética, apertura y memoria. Cada pieza se inscribe en la ideología fronteriza como proceso en formación: el caballero como resistencia cultural, el explorador como movilidad identitaria y los recuerdos como patrimonio colectivo.

En conjunto, Lerma aparece como un artista que une tradición y contemporaneidad, con el reto futuro de consolidar un lenguaje más personal y menos tributario de genealogías pesadas. Lerma se erige como un puente entre pasado y presente, entre comunidad y técnica, entre lo íntimo y lo monumental.

Su aporte radica en la capacidad de articular un discurso plástico que combina precisión visual y compromiso social, inscribiéndose en la genealogía del arte juarense y en la ideología fronteriza como proceso en construcción. No obstante, el desafío que enfrenta es trascender la literalidad del realismo fotográfico para explorar nuevas metáforas y abstracciones que fortalezcan su identidad plástica.

La fidelidad técnica, aunque valiosa, debe abrirse a la experimentación simbólica que permita a su obra dialogar no solo con la tradición mexicana y la contemporaneidad global, sino también con los lenguajes emergentes del arte.

En este sentido, Lerma no solo representa a un artista disciplinado y comprometido, sino a un creador en tránsito: un caballero que defiende valores, un explorador que se abre al mundo y un guardián de recuerdos que resisten al olvido. Su obra, en la frontera norte, se convierte en metáfora de identidad múltiple y cosmopolita, consolidando su lugar en la historia del arte fronterizo y proyectando un horizonte de mutaciones estéticas por venir.

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