Por Jack Ro
En el Museo de Arqueología e Historia de El Chamizal, Antonio Herrera, miembro activo del Colectivo Arte Juárez, participó en las II Jornadas de Reseñas de la Plástica Fronteriza con una obra que fue objeto de entrevista y análisis. En ella, el artista expuso el trasfondo de su pintura y la interpretación de sus simbolismos semíticos y curatoriales, concebidos a partir de un sueño de 1999 y retomados en otro sueño de carácter apocalíptico. La narrativa se inscribe en el contexto de las profecías cristianas sobre la venida de Jesucristo y su promesa de regresar en el juicio final, donde se librará la lucha entre las huestes del bien y del mal, protagonistas de este mito religioso que atraviesa la obra.
Este artista juarense inicia su interés por el dibujo desde la temprana edad de los siete años. Desde la niñez descubrió en la pintura un camino de vida. El aprendizaje estético lo adquirió en los talleres y en el trabajo incansable por perfeccionar su obra, ha explorado prácticamente todas las técnicas plásticas: óleo, acuarela, grafito, carboncillo, pastel, murales, aerografía, escultura, grabado y pintura al fresco, entre muchas otras.
Su versatilidad lo ha llevado a dominar estilos que van del realismo y el hiperrealismo al cubismo, surrealismo y arte fantástico.
En su auto aprendizaje intuitivo y sensibilizador en el estudio con los grandes maestros de los cual tiene influencias en la formación de Antonio Herrera Coronel Son: Leonardo da Vinci (Renacimiento italiano) El estilo en su equilibrio, proporción, anatomía, perspectiva científica. El aporte al aprendizaje: Da Vinci representa el ideal del artista total. Herrera Coronel se nutre de su enfoque multidisciplinario, integrando arte, ciencia y técnica.
Los colores y la composicion predominan los tonos oscuros —negros, azules profundos y rojos incandescentes— que evocan el fuego, la destrucción y el caos. El contraste entre el rojo infernal y el azul del agua crea una tensión entre dos fuerzas opuestas: el fuego del espíritu y la profundidad del inconsciente. La luz se concentra en el rostro de la mujer, lo que la convierte en el centro simbólico de la escena, rodeada por la oscuridad y las criaturas monstruosas.
Las formas de la figura femenina, encadenada y semidesnuda, representa la humanidad atrapada entre fuerzas primordiales.
Su postura es firme, no de sumisión, lo que sugiere resistencia ante el poder del monstruo. Las criaturas —con cabezas de demonio, dragón y bestia— son metáforas del mal, del instinto y del miedo colectivo. La composición ascendente, desde el agua hacia el fuego, sugiere una transición del inconsciente hacia la conciencia, del caos hacia la revelación.
El significado de la técnica es plana y simbólica, sin perspectiva realista, lo que refuerza la idea de que la escena ocurre en un espacio mental o espiritual. El artista utiliza la hiperrealidad fantástica para representar lo invisible: el conflicto interno entre el deseo y la destrucción. Cada textura —la piel escamosa, el fuego, el agua— funciona como signo de energías arquetípicas: lo reptiliano, lo demoníaco y lo humano.
El mensaje la mujer encarna la vulnerabilidad del alma frente al poder del mal, pero también la posibilidad de redención. Las cadenas simbolizan la limitación del espíritu, mientras su mirada directa al espectador sugiere conciencia y desafío. El cuerpo desnudo es la verdad expuesta, la esencia humana frente al abismo. En conjunto, la pintura celebra la belleza del caos, la fuerza del instinto y la libertad del arte para explorar lo prohibido.



