Por Rafael Navarro Barrón
César Jáuregui Moreno es un hombre sumamente inteligente. Hiperactivo, fumador empedernido. Le gusta beber y comer alimentos a base de mariscos, de ahí que sea copropietario de uno o dos restaurantes con especialidad en cocina del mar. Ambos están en la ciudad de Chihuahua.
Es un estratega político nato que puede trabajar 24 horas preparando jugadas electorales o modificando estructuras administrativas. Su fortaleza es una capacidad natural de sumar a opositores a proyectos políticos y administrativos sin que, en el futuro, muerdan su mano.
Nunca fue profeta en su tierra. Las candidaturas que jugó por tierra las perdió porque es el típico estratega que arma trabajos políticos para otros, pero adolece de facultades estratégicas para guiar sus propios proyectos.
Quien leyó el artículo periodístico de TalCual Juárez del 15 de junio, se enteró que César Jáuregui Moreno, exfiscal general del Estado de Chihuahua, iba a ser detenido y retirado de la contienda por la alcaldía de la capital.
Por eso, en el mes de octubre, el hecho no representa ninguna novedad, sino la crónica de una detención anunciada. Desde hace meses se advertía que su futuro político estaba marcado por el expediente judicial que lo vinculaba con la incursión de agentes de la CIA en la sierra Tarahumara sin autorización federal.
La lógica jurídica y la perversidad política de Morena establecieron que el político chihuahuense sería el que pagara, con inhabilitación o posiblemente cárcel, el pecado de haber permitido la entrada de agentes extranjeros en un operativo que derivó en la muerte de dos de ellos.

El 11 de junio reapareció en un video cuidadosamente producido: camisa blanca, fondo blanco, discurso de unidad panista y cercanía con la ciudadanía. Fue un mensaje de resistencia política, un “aquí estoy” que buscaba reposicionarlo en la carrera rumbo al 2027. Sin embargo, detrás de la retórica se escondía la certeza de que su destino estaba sellado.
El exfiscal habló de visitar colonias, de saludar directamente a los seguidores del blanquiazul y de sentarse a dialogar con los adversarios. Lo hizo con vehemencia, con la experiencia de quien ha sido diputado y funcionario de gobierno, pero con la sombra de un proceso judicial que lo perseguía.
La figura de Jáuregui se volvió nacional tras el accidente en el que murieron dos agentes estadounidenses en la sierra chihuahuense. Desde entonces, la presión presidencial se hizo evidente. La narrativa oficial necesitaba responsables, y el exfiscal se convirtió en el blanco más visible. La muina presidencial no dejaba dormir a la inquilina de Palacio Nacional, que quería meter primero a la gobernadora Maru Campos y, si no era posible, a César Jáuregui a la cárcel. Por eso el exfiscal caminaba con pies de plomo, medio escondido, apareciendo en público solo en momentos calculados.
En dos ocasiones se le observó resguardado por agentes de la Fiscalía Estatal. Primero en Ciudad Juárez, al acudir a declarar ante la fiscalía general de la República sobre la incursión de la CIA. La prensa lo esperaba y lo asediaba, pero al final sus declaraciones fueron lugares comunes, nada que causara estruendo. Se veía seguro y, al mismo tiempo, preocupado por su futuro. La otra ocasión fue en el Centro de Convenciones de Chihuahua, durante un evento en apoyo a la gobernadora Maru Campos. Ahí, entre el baño de pueblo y los perfumados del panismo, observó el entorno y suspiró profundo al sentirse fuera de la fiesta del apapacho, donde la gobernadora era la reina. La consigna era #YoConMaru, pero la carga de la culpa estaba sobre la vida del exfiscal, presente en cada mirada incómoda que lo observaba.
En una entrevista reciente, Jáuregui expresó, como si fuera una premonición política, que “falta mucho y van a pasar muchas cosas. Eso es muy interesante. Y están pasando muchas cosas de manera muy rápida. El tablero político se mueve rapidito”. No se equivocó. Cada uno ve la fiesta política desde diferentes ángulos, pero la duda era si la gobernadora estaba cómoda con la figura de César Jáuregui, con quien había enfrentado situaciones adversas y que había sido el gran constructor de sus candidaturas y actividades político-administrativas.
Cuando se le preguntó si alguna vez había sentido miedo, respondió que nunca, aunque sí preocupación. Reconoció que el asunto era delicado y podía traer consecuencias graves en materia de seguridad, pero insistió en que miedo no. Esa seguridad aparente contrastaba con la realidad de un proceso que lo tenía acorralado.
Dentro del PAN, su desgracia fue aprovechada por otros actores. El secretario general de Gobierno, Santiago de la Peña, emergió como el beneficiario inmediato, escalando posiciones en la carrera por la candidatura a la alcaldía. La ausencia de Jáuregui en la lista de los candidateables del 2027 es vista por muchos panistas como irreversible. La fiesta política en torno a Maru Campos dejó claro que Jáuregui ya no era parte del círculo de confianza. Su presencia en actos públicos se percibía incómoda, cargada de silencios y miradas que lo excluían.
La detención de César Jáuregui Moreno no es novedad, sino la consecuencia lógica de un proceso político y judicial que se fue construyendo paso a paso. El antecedente fue la operación de la CIA en Chihuahua, el detonante la presión presidencial y el desenlace la caída de su proyecto político. Lo que alguna vez fue el cerebro del PAN y el arquitecto de las candidaturas de Maru Campos, hoy enfrenta la paradoja de convertirse en símbolo de traiciones y culpas compartidas.
Su detención es la crónica de un destino anunciado. El retiro de la contienda por la alcaldía de Chihuahua deja al panismo sin uno de sus operadores más experimentados y abre un nuevo capítulo en la disputa política del estado, donde justicia y estrategia partidista se entrelazan en un juego de poder que apenas comienza.



