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Políticos bajo el acoso de las parálisis faciales

LURU VERUM

por Talcual
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Por Rafael Navarro Barrón

En Chihuahua, la política no solo se escribe en discursos y campañas; también se dibuja en los rostros de quienes han cargado con el peso del poder. La historia reciente del estado guarda episodios donde la parálisis facial se convirtió en metáfora de la presión, el desgaste y la fragilidad humana frente a la responsabilidad pública.
El primero en quedar marcado fue Saúl González Herrera, gobernador sustituto en los años ochenta. Fue el encargado del despacho a la caída del también gobernante priista Oscar Ornelas, en el año 1985, en la antesala del Verano Caliente de 1986.
La parálisis facial no fue tan aguda. Se presentó después de una confrontación con los panistas de la época y tuvo que someterse a un proceso lento, pero efectivo a base de ejercicios faciales y radicación de calor.
Las terapias las recibía en una oficina ubicada en el costado de la Secretaría General de gobierno. El rostro adusto del finado político chihuahuense se agudizó frente al drama de la parálisis facial. Recordaba el momento en que, al salir de casa, en la colonia Cuauhtémoc de la capital del Estado una turba de panistas lo seguía con el estribillo ¡Barrio sí, Baeza no!, mientras el González Herrera le espetaba con molestia ¡Fanáticos! Unos días después se anunciaba el problema facial.
El episodio fue interpretado como el reflejo físico de una tensión que no se resolvía en las urnas ni en los acuerdos, sino en el cuerpo mismo del gobernante.
Décadas más tarde, otro mandatario, José Reyes Baeza Terrazas, del PRI, enfrentó momentos difíciles relacionados con su seguridad personal. Aunque los detalles se desconocen, la versión oficial nunca refirió alguna patología médica como el origen del problema, solo narró la complicación que deformó temporalmente su rostro.
A pesar del ostracismo oficial, la vulnerabilidad de su figura en medio de amenazas y presiones dejó huella en la memoria política del estado. Su rostro, en ocasiones adusto y marcado por la preocupación, se convirtió en símbolo de lo que significa gobernar bajo la sombra de la violencia.
La diputada del PT, Lilia Aguilar, ha sido otro rostro visible de esta condición. Su parálisis facial, aguda y evidente, no la ha apartado de la vida pública, pero sí la ha convertido en testimonio de que la política no distingue género ni partido cuando se trata de exigir más de lo que el cuerpo puede soportar. Su presencia en tribuna es también un recordatorio de que la lucha política se libra con cicatrices visibles.
Su condición médica ha sido motivo de mofas y escarnio en confrontaciones con los opositores a la 4T. La legisladora ha tomado con filosofía y sin violencia las críticas en su contra y, con frecuencia, aparece en la tribuna, en redes sociales, en ruedas de prensa, sin privarse de la libertad de ejercer su derecho a opinar y a la vida pública.
Hoy, el tema vuelve a la conversación con Marco Bonilla Mendoza, alcalde con licencia y posible candidato del PAN a la gubernatura. Su figura en ascenso carga con la presión de ser considerado uno de los aspirantes más fuertes en la sucesión estatal. Los rumores sobre su salud y la tensión política que lo rodea dejaron de ser un misterio, pues apareció en público con unos lentes oscuros, explicando su padecimiento y, en videos, se observa al político someterse a las radicaciones que se suministran en casos leves como el que padece, aparentemente producto de una infección viral.


Los médicos explican que la parálisis facial puede tener múltiples causas: infecciones virales, alteraciones neurológicas, problemas inmunológicos o episodios de estrés extremo. En el ámbito político, la presión constante, la exposición pública y la responsabilidad de tomar decisiones que afectan a miles de ciudadanos son factores que pueden agravar la vulnerabilidad física de los líderes.
La política chihuahuense, vista desde esta perspectiva, es también una historia de rostros que se paralizan, que se tensan, que se marcan con la huella del poder.
González Herrera, Reyes Baeza, Lilia Aguilar y Marco Bonilla son parte de una crónica donde la salud se convierte en espejo de la presión política. Gobernar bajo tensión no solo desgasta las instituciones, también deja cicatrices en quienes las encabezan.
En conclusión, la parálisis facial en la política de Chihuahua no es solo un diagnóstico médico: es un símbolo. Un recordatorio de que el poder se cobra en carne propia y que los rostros de sus protagonistas narran, sin palabras, la historia de un estado donde la política se vive con intensidad y donde la fragilidad humana se hace visible en cada gesto.

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