AMLO y su retiro simulado que ahora pesa

COMPARTE LA COLUMNA RAYOS Y CENTELLAS

por Talcual
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Dicen que retirarse es saber irse a tiempo. Pero en la política mexicana existe una modalidad más sofisticada: retirarse para seguir apareciendo. Algo así parece ocurrir con el expresidente Andrés Manuel López Obrador, quien, pese a haberse despedido oficialmente de la vida pública, ha encontrado por lo menos cinco oportunidades para recordarle al país que sigue presente, observando y, de vez en cuando, dejando caer alguna señal desde su supuesto exilio político.

Sin embargo, la estrategia de mantenerse en escena parece estar enfrentando una realidad incómoda: los aplausos ya no suenan con la misma intensidad.

De acuerdo con las mediciones de Atlas Intel y Bloomberg, la imagen positiva del exmandatario pasó de 65 por ciento en febrero a 48 por ciento en mayo. Una caída de 17 puntos en apenas tres meses. En términos beisboleros, sería como perder una elección sin necesidad de que hubiera campaña.

La pregunta inevitable es qué ocurrió. Porque hasta hace poco parecía que López Obrador había descubierto la fórmula de la inmortalidad política: gobernar seis años, retirarse, seguir influyendo y además conservar niveles de popularidad que muchos gobernantes en activo envidiarían.

Pero los números sugieren que la realidad tiene la desagradable costumbre de llegar sin invitación.

Coincidentemente, el descenso ocurre mientras desde Estados Unidos se acumulan señalamientos sobre presuntos vínculos de personajes de Morena con grupos criminales. Como si eso no fuera suficiente, persisten las acusaciones de corrupción contra algunos familiares y excolaboradores del expresidente, un tema particularmente incómodo para un movimiento que durante años aseguró poseer una superioridad moral prácticamente certificada por notario.

Y cuando parecía que el menú de problemas estaba completo, apareció un nuevo ingrediente: una denuncia ante la Corte Penal Internacional por la estrategia de seguridad conocida como “Abrazos, no balazos”.

Una política que prometía atacar las causas de la violencia y que terminó dejando una discusión incómoda sobre los resultados. Porque mientras los abrazos se convirtieron en lema, los balazos nunca parecieron enterarse del cambio de estrategia.

Los críticos afirman que el saldo fue devastador: cientos de miles de homicidios, desaparecidos, desplazados y regiones donde los grupos criminales ejercen más autoridad que muchos gobiernos municipales. Una evaluación que, independientemente de las responsabilidades legales que pudieran o no derivarse, comienza a cobrar factura en el terreno político.

Quizá el problema para López Obrador no sea la oposición. Después de todo, sobrevivió durante décadas a sus adversarios. Quizá el verdadero problema sea que la realidad está haciendo campaña por su cuenta. Y contra esa, ni las mañaneras alcanzan. Porque una cosa es construir una narrativa y otra muy distinta impedir que los datos pidan la palabra.

Al final, el expresidente podría descubrir una verdad elemental de la política: los mitos son resistentes, pero las estadísticas son tercas. Y cuando ambas chocan, normalmente es el mito el que termina necesitando abrazos.

Coahuila: el dinosaurio sigue respirando

Durante años se anunció su extinción. Se escribieron artículos, se elaboraron análisis y se organizaron funerales políticos prematuros. Sin embargo, una vez más, el PRI en Coahuila demostró que los rumores sobre su muerte fueron, al parecer, considerablemente exagerados.

Las encuestas de salida indicaban hasta ayer un escenario contundente: la alianza conformada por el PRI y Unidad Democrática de Coahuila habría arrasado en el distrito 16 con cabecera en Torreón y, además, obtenido resultados favorables en la mayoría de los municipios de la entidad.

Pero el dato más llamativo es otro. Los reportes preliminares apuntaban a una victoria priista en los 16 distritos electorales locales. Sí, los dieciséis. Un resultado que parece más cercano a los viejos tiempos del partido tricolor que a la era de la llamada hegemonía morenista.

Mientras tanto, Morena volvió a descubrir una lección que suele repetirse en política: ganar la Presidencia de la República no significa automáticamente conquistar todos los territorios. Hay estados donde la marca nacional pesa mucho menos que las estructuras locales, y Coahuila es probablemente el mejor ejemplo del país.

Ahí, la maquinaria política sigue funcionando con una precisión que muchos estrategas electorales observan con una mezcla de admiración profesional y preocupación democrática.

Detrás de esa fortaleza permanece la influencia de los hermanos Moreira, quienes, para disgusto de sus adversarios, continúan siendo un factor determinante en la vida política coahuilense. Mientras algunos políticos construyen estructuras electorales para una elección, ellos parecen haber construido una para varias generaciones.

La oposición ha intentado durante años presentar a Coahuila como un bastión a punto de caer. Sin embargo, elección tras elección, el castillo permanece en pie. Y no sólo permanece: amplía murallas.

Lo sucedido también envía un mensaje incómodo para Morena. El partido gobernante ha demostrado una enorme capacidad para ganar elecciones federales, pero sigue encontrando dificultades cuando enfrenta liderazgos regionales consolidados que conocen cada colonia, cada sección electoral y cada operador territorial.

Las campañas modernas hablan de redes sociales, algoritmos e inteligencia artificial. En Coahuila, en cambio, parece seguir vigente una fórmula mucho más antigua: organización, estructura y movilización.

Por supuesto, habrá quienes atribuyan el resultado a inercias históricas, a la fortaleza institucional o a la debilidad de los adversarios. Todos tendrán algo de razón. Pero los números son difíciles de ignorar.

Al final, mientras en muchas partes del país se discute el avance de la Cuarta Transformación, en Coahuila parece haberse impuesto otra tesis: antes de transformar un territorio, primero hay que conquistarlo. Y por ahora, el PRI sigue recordando que una cosa es que el dinosaurio envejezca y otra muy distinta que desaparezca.

Nervios azules y doble discurso en el PAN estatal

NERVIOSA LA DIRIGENTE ESTATAL DEL PAN!

Por estos días, en el PAN estatal no esconden su preocupación por la crisis de nervios que, dicen, envolvió a su presidenta, Daniela Álvarez. Voces desde la capital aseguran que la dirigente perdió el rumbo político y el tacto social, al punto de chocar con propios y extraños.

El episodio más comentado: su dura crítica al embarazo de la senadora Andrea Chávez. El asunto caló hondo no solo por el tono, sino por la contradicción que exhibe en un partido donde coexisten —a veces con fricción— corrientes que se asumen proaborto y a favor del matrimonio igualitario, mientras la dirigencia repite los viejos mantras de “unidad familiar” y “a favor de la vida”.

El despropósito escaló cuando los dardos alcanzaron a legisladores panistas, particularmente a su coordinador Alfredo Chávez, quien salió a defender la vida de los “nuevos seres en el vientre”. El choque no fue menor: expuso la grieta interna entre el discurso público y la práctica cotidiana, entre la línea oficial y la operación política real.

La pregunta que recorre pasillos y chats: ¿está tan nerviosa la líder panista por el 2027? Porque si algo revelan estos tropiezos es un desgaste de liderazgo y un PAN más ocupado en disciplinar a los suyos que en construir una ruta competitiva. En política, la percepción es moneda dura: cuando el mensaje se vuelve regaño y la brújula apunta a los aliados, el adversario sonríe.

De aquí a 2027, el reto azul no es menor: ordenar la casa, reconciliar su pluralidad sin caer en la incoherencia y, sobre todo, dejar de regalarle la agenda al ruido. Si la dirigencia convierte las convicciones en garrote y la narrativa en contradicción, el costo se paga en las urnas. Y el calendario no perdona.

 

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