El fin de semana, el que se aventó una vueltita por estas tierras fronterizas fue el fiscal César Jáuregui Moreno. Y no vino precisamente de paseo. Llegó echando espuma por la boca para apagar el incendio mediático que dejó la liberación de José Luis N dueño del crematorio Plenitud, un caso que ha indignado a propios y extraños.
Porque el horno, literal, no está para bollos. En la Fiscalía General del Estado de Chihuahua traen la bandera bien desplegada de que “no se va a quedar así”. Y es que la decisión judicial cayó como balde de agua fría entre las familias afectadas y la opinión pública, que todavía no sale del asombro por la magnitud del hallazgo: 386 cuerpos apilados sin el cuidado ni el respeto que exige la ley… y la dignidad humana.
Jáuregui no tardó en anunciar recursos de revisión y queja, apuntando directo contra los jueces federales y los órganos de control. La intención es clara: buscar que se le dé reversa al amparo y que se revise la actuación del juez que ordenó la liberación. Un mensaje tanto jurídico como político, porque cuando la justicia tropieza, la confianza pública se tambalea.
El argumento del juez —que no se ocultaron ni conservaron los cuerpos— ha sido recibido con cejas levantadas y dientes apretados. Como si el tecnicismo alcanzara para disipar lo insalubre y lo éticamente inadmisible del asunto. Porque más allá de la interpretación legal, hay una realidad que pesa: cientos de familias esperan respuestas y respeto.
Con ellas se reunió el fiscal, prometiendo pelear hasta el último minuto. La Fiscalía dice que ya afina la estrategia legal y que no bajará la guardia. Sin embargo, en esta frontera donde la justicia suele avanzar a paso desigual, no faltan quienes miran con escepticismo. La balanza, dicen, tiene sus propios pesos y medidas.
Por ahora, el fuego sigue encendido. Y mientras los recursos legales toman su curso, la pregunta flota en el aire: ¿alcanzará la promesa de justicia para apagar la indignación?
Consejo sin figuras: ¿renovación o prolongación en el PRI estatal?

El PRI sin pena ni Gloria
El pasado sábado, en la capital del estado, el auditorio del Comité Directivo Estatal del PRI fue sede del Consejo Político Estatal. Ahí, el dirigente Alejandro Domínguez sometió a votación el proceso para la renovación de la Presidencia y la Secretaría General del partido para el periodo 2026-2030.
Según lo trascendido, Domínguez aseguró que serán cerca de 20 mil militantes quienes, con su voto, definan qué “gallo” encabezará al otrora partidazo durante los próximos cuatro años. El mensaje fue claro: apertura al proceso interno y confianza en la base priista. Pero en política, las formas pesan tanto como el fondo.
Domínguez se muestra confiado y listo para buscar no solo la continuidad, sino incluso perfilarse hacia un segundo periodo adicional. Para algunos, esto representa estabilidad en tiempos turbulentos; para otros, la prolongación de una dirigencia que podría terminar por sepultar lo poco que queda del priismo competitivo en el estado.
Y es que el contexto no es sencillo para el tricolor. La pérdida de espacios, la reducción de estructuras territoriales y la migración de cuadros hacia otras fuerzas políticas han mermado su capacidad de movilización. En ese escenario, el Consejo Político del sábado envió señales que no pasaron inadvertidas.
La más evidente fue la ausencia de figuras históricas. No estuvieron los exgobernadores Fernando Baeza, Patricio Martínez y José Reyes Baeza. Tampoco hicieron acto de presencia exalcaldes de la capital y de Ciudad Juárez, ni dirigentes visibles de sectores y organizaciones tradicionales del partido. En términos políticos, el vacío habló más fuerte que cualquier discurso.
Un Consejo Político sin peso específico ni figuras de referencia deja dudas sobre la cohesión interna. ¿Se trata de un relevo generacional natural o de una fractura silenciosa? ¿Es una estrategia de control interno o el reflejo de un partido que no logra reagrupar a sus liderazgos históricos?
La renovación 2026-2030 no será un simple trámite administrativo. Será una prueba de supervivencia. Si el proceso se percibe como cerrado o como una continuidad automática, el PRI podría enfrentar mayor desbandada. Si, en cambio, logra convertirse en un ejercicio auténtico de apertura y autocrítica, aún podría reconstruir parte de su estructura.
Por ahora, lo cierto es que el Consejo dejó más preguntas que certezas. Y en política, cuando los liderazgos históricos deciden no aparecer, el mensaje rara vez es casual.
Santiago Creel Miranda marca la línea en Chihuahua

Santiago Creel dando línea política en Chihuahua
La presencia de Santiago Creel Miranda en Chihuahua no fue visita de cortesía ni acto protocolario. Fue mensaje político con destinatario definido: 2027. El presidente de la Comisión Política Nacional del Partido Acción Nacional llegó con línea clara y sin margen para interpretaciones: no habrá alianzas.
El planteamiento es directo: competir solos, recuperar identidad, dejar atrás las coaliciones pragmáticas. En su lógica, las alianzas diluyen el perfil ideológico, confunden al electorado y debilitan la marca partidista. La apuesta es reposicionar al PAN con bandera propia, sin apellidos ni acompañantes incómodos.
No es un mensaje menor. En el tablero nacional, la definición anticipada busca ordenar la casa y enviar señal de disciplina interna. Creel habla de coherencia doctrinaria, de regresar a las raíces, de fortalecer estructura antes que sumar siglas. El cálculo parece claro: consolidar identidad hoy para capitalizar liderazgo mañana.
Pero el contraste aparece cuando el discurso aterriza en territorio. En Chihuahua, la experiencia de colaboración entre el PAN y el Partido Revolucionario Institucional dejó resultados tangibles. Más allá de simpatías ideológicas, la aritmética electoral suele imponerse sobre la pureza doctrinaria. En campaña, los votos pesan más que los principios escritos en estatutos.
Ahí está el dilema: identidad o rentabilidad, doctrina o pragmatismo. La política, al final, es suma y resta. Y en un estado donde la competencia es cerrada y el mapa electoral se mueve por regiones y estructuras, competir en solitario implica riesgo calculado… o salto al vacío.
Creel fija postura nacional. Marca línea y trata de evitar dobles discursos. Sin embargo, falta observar si en Chihuahua esa ruta se seguirá sin matices o si la realidad política —con sus equilibrios locales, sus liderazgos regionales y sus números fríos— terminará por ajustar el discurso rumbo al 2027.
Porque una cosa es la estrategia desde la capital y otra muy distinta es la operación en territorio. Y en política, ya se sabe, las convicciones pesan… pero las urnas deciden.


