Javier Corral y La Casa Que Sí Recuerda

COMPARTE LA COLUMNA RAYOS Y CENTELLAS

por Talcual
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En Ciudad Juárez amaneció una casa rayada, adornada con un arreglo funerario y convertida, por unas horas, en monumento involuntario a la memoria selectiva. No fue cualquier domicilio: era una de las viviendas del exgobernador de Chihuahua y hoy senador morenista Javier Corral Jurado.

La escena parecía salida de una producción regional de Netflix: pintas en la barda, mensajes de “DEP” y flores en la entrada. Pero lo verdaderamente incómodo no fueron los daños materiales, sino el nombre escrito sobre el muro: Esperanza Miranda Molinar. Porque las bardas tienen algo terrible: a veces leen expedientes.

Según las acusaciones hechas en su momento por Miranda Molinar, el inmueble habría terminado en manos de Corral mediante presuntos engaños durante el proceso de adquisición. Es decir, no era una protesta cualquiera; era un recordatorio inmobiliario con aerosol y corona fúnebre incluida.

Y qué ironía. Durante años, Javier Corral construyó una carrera política hablando de combate a la corrupción, legalidad, ética pública y superioridad moral. Era el cruzado anticorrupción de Chihuahua, el fiscal moral itinerante, el hombre que parecía desayunar transparencia y cenar denuncias.

Pero en México existe una ley física no escrita: mientras más discursos sobre honestidad pronuncie un político, más probable es que una barda termine contradiciéndolo.

Lo interesante del caso es que la casa vandalizada no fue vista como hogar, sino como símbolo. En este país, cuando una propiedad carga historias de presuntos despojos, deja de ser inmueble y se convierte en archivo urbano.

La corona fúnebre fue, quizá, el detalle más mexicano de todos. Aquí no se cancelan políticos: se les vela simbólicamente. Somos un país tan creativo que hasta el reclamo social parece mezcla entre protesta, funeral y performance callejero.

Y mientras tanto, Morena seguramente enfrenta otro de esos dilemas incómodos que últimamente colecciona: incorporar figuras que antes combatían al sistema… hasta que descubrieron que el sistema tenía vacantes, fuero y mejores oportunidades laborales.

Corral pasó de opositor feroz a integrante distinguido de la 4T con la velocidad ideológica de quien encuentra estacionamiento VIP. Lo cual confirma otra vieja tradición nacional: en México los principios políticos no mueren, sólo se reasignan.

Al final, la casa quedó pintada, pero la imagen pública también. Porque hay manchas que salen con pintura nueva. Y otras que ni con cambio de partido.

El senador soviético de Corral que cobra en el capitalismo morenista

Javier Corral Jurado

Por cierto, que el senador Javier Corral Jurado decidió recordarle al país que él está en Morena… pero sin ser de Morena. Algo así como esos clientes que se comen toda la botana, piden otra ronda y al final aclaran: “nomás vine acompañando”.

Durante entrevista con el periodista Hernán Gómez Bruera, Corral aseguró que jamás se afiliará al partido guinda porque considera que existe una “disciplina estalinista” donde no prevalece la razón. O sea, descubrió que en los partidos políticos hay línea. Impactante hallazgo.

El exgobernador explicó que su relación con la llamada Cuarta Transformación no es con Morena, sino exclusivamente con la presidenta Claudia Sheinbaum Pardo. Traducido al español político: “No me gusta el restaurante, pero sí me llevo muy bien con la gerente”.

La confesión tiene algo de romántico. Corral prácticamente dijo que no llegó por convicción ideológica, sino por compatibilidad presidencial. Como quien entra a un grupo de amigos sólo porque le gusta una persona de la mesa.

Y claro, se dijo incómodo con la disciplina férrea del movimiento, con la presión para no disentir y con prácticas que —según él— superan etapas soviéticas de la URSS. Lo interesante es que lo descubrió después de sentarse en la bancada, recibir el cargo, disfrutar la plataforma y acomodarse perfectamente bajo el logo de Morena. Porque en México la indignación ideológica casi siempre llega después de la toma de protesta.

Corral también lamentó que Morena ya no trate a sus aliados como iguales, sino como subordinados. Una observación conmovedora viniendo de alguien que pasó años denunciando los excesos del viejo PRI… para terminar describiendo exactamente el lugar donde decidió quedarse. Pero quizá la frase más honesta de todas fue esta: “No creas tú que a mí me convence tanto Morena como partido”.

Y se agradece la sinceridad. En tiempos donde muchos fingen amor eterno por conveniencia política, Corral al menos tuvo la cortesía de admitir que lo suyo con Morena es una relación tóxica, estratégica y sin compromiso. Algo así como un matrimonio por intereses, pero con fuero. Al final, el senador parece vivir un drama existencial fascinante: quiere estar dentro sin pertenecer, cobrar sin afiliarse, acompañar sin mezclarse y criticar sin irse.

Un opositor oficialista. Un rebelde institucional. Un disidente… con credencial de acceso al Senado.

  Diplomacia con filtro de Instagram

No hubo invitado en la celebración adelantada por el 250 aniversario de la Independencia de Estados Unidos que resistiera la tentación de subir la foto obligatoria a redes sociales. Porque si algo une más a la frontera que el comercio bilateral, es la necesidad política de aparecer sonriendo junto a una bandera estadounidense y una mesa de bocadillos elegantes.

El evento organizado por el Consulado General de Estados Unidos en Ciudad Juárez reunió a la crema y nata de la política regional, esa fauna institucional que jamás desaprovecha una recepción diplomática, especialmente cuando incluye aire acondicionado, vino gratis y posibilidad de networking internacional.

Ahí desfilaron el alcalde Cruz Pérez Cuéllar, el alcalde Marco Bonilla, diputados, empresarios, representantes de medios, líderes de cámaras, integrantes del tercer sector y, por supuesto, funcionarios estatales con expresión de “relación binacional estratégica” perfectamente ensayada. Porque en la frontera hay dos tipos de eventos que nadie se pierde: los políticos… y los que tienen canapés importados.

Uno de los personajes que más llamó la atención fue Carlos Ortiz, representante de la gobernadora Maru Campos, quien prácticamente recibió trato VIP. Algo así como el enviado plenipotenciario del maruquismo diplomático, encargado de recoger los reconocimientos y traducir los elogios del gobierno estadounidense en puntos para la narrativa local.

El cónsul general destacó ampliamente la alianza entre Estados Unidos y el Gobierno de Chihuahua, subrayando la cooperación diaria en la frontera. Y claro, todos asentían con entusiasmo, porque pocas cosas generan más felicidad en la política mexicana que escuchar a Washington decir que “vamos muy bien”.

En esos eventos ocurre un fenómeno maravilloso: durante unas horas desaparecen las diferencias partidistas. Morena, PAN, empresarios y funcionarios conviven en armonía total, unidos por una misma causa superior: salir bien en la foto oficial. La diplomacia moderna ya no se mide en tratados. Se mide en stories.

Y mientras los discursos hablaban de cooperación binacional, seguridad y fortalecimiento fronterizo, varios asistentes parecían más preocupados por encontrar el mejor ángulo para subir la selfie patriótica con fondo azul, rojo y blanco.

Porque al final, en la política contemporánea, no basta con asistir. Hay que postearlo. Si no aparece en Instagram, la relación bilateral prácticamente no ocurrió.

 

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