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La Ley de Economía Digital que prohíbe el efectivo; el nuevo instrumento de control sobre los mexicanos

por Talcual
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La publicación de la nueva Ley de Economía Digital para Pagos Digitales y Electrónicos representa uno de los cambios más profundos en la relación entre los ciudadanos, el dinero y el Estado en la historia reciente de México.
Aunque el discurso oficial ha insistido en presentar esta legislación como un instrumento de modernización financiera, inclusión tecnológica y simplificación de transacciones, una revisión más amplia de sus implicaciones obliga a observar un escenario mucho más complejo, donde la eficiencia administrativa puede convertirse en la antesala de una concentración inédita de control sobre la vida económica de los mexicanos, así como gobiernos comunistas lo han hecho en diversos países.
La ley que se publicó en el Diario Oficial de la Federación el 4 de noviembre de 2026, establece 22 artículos y 5 transitorios para impulsar el uso obligatorio y gradual de pagos digitales en sectores definidos por la Secretaría de Hacienda, reconociendo herramientas como SPEI, CoDi, DiMo, CURP Digital y el Expediente Digital Ciudadano.
La narrativa gubernamental de Morena sostiene que la digitalización traerá beneficios para todos. Menos evasión fiscal, mayor formalidad económica, reducción de costos operativos y una mejor integración del sistema financiero. Son objetivos que, en apariencia, resultan difíciles de cuestionar. Sin embargo, la experiencia internacional demuestra que todo incremento en la capacidad de control del Estado debe analizarse con especial cautela, sobre todo cuando se trata de derechos relacionados con la libertad económica y la privacidad de las personas.
En países socialistas y si eres disidente este mecanismo te deja en la total indefensión financiera. Quedas absolutamente bloqueado.
Durante generaciones, el efectivo ha representado mucho más que una herramienta de intercambio comercial. Ha sido una garantía práctica de libertad, de autonomía individual. El ciudadano puede disponer de su dinero sin solicitar autorización de una institución financiera, sin depender de plataformas tecnológicas y sin estar sujeto a la operación permanente de redes digitales. La posesión física del dinero ha sido un elemento fundamental de independencia frente a factores externos, sean estos económicos, tecnológicos o gubernamentales.
La extraña transición en nuestro país hacia una economía predominantemente digital modifica radicalmente ese equilibrio. Cada operación electrónica dejará un registro. Cada transferencia genera una huella. Las compras que hacemos alimenta una base de datos. Las actividades económicas pasa a formar parte de un universo de información susceptible de análisis, almacenamiento, vigilancia y fiscalización.
La trazabilidad absoluta que buscan las autoridades fiscales del SAT también implica la desaparición progresiva de espacios de privacidad financiera que han existido tradicionalmente en las democracias modernas.
No se trata de una teoría esto que se pretende hacer en México. La lógica misma del sistema digital funciona mediante el registro permanente de información. A diferencia del efectivo, que permite transacciones directas entre ciudadanos, los pagos electrónicos requieren intermediarios tecnológicos que almacenan, procesan y validan cada movimiento. En consecuencia, mientras más sectores de la economía se integren obligatoriamente a este modelo, mayor será la capacidad de supervisión del Estado sobre la población, pero más aún, el método de control y de sanción si eres opositor al gobierno de la llamada 4T ó «Cuarta Destrucción» como algunos le dicen.
Esta realidad adquiere una dimensión aún más delicada en un país donde las instituciones públicas enfrentan niveles históricamente bajos de confianza. México arrastra décadas de escándalos por corrupción, cada semana hay un escándalo mayor a otro, hay desvíos de recursos, espionaje político, uso indebido de información personal y abuso de poder. Por citar el ejemplo más reciente de Guadalupe Taddei y toda su red de corrupción en el INE.
En ese contexto, resulta legítimo cuestionar como chihuahuenses la conveniencia de entregar facultades cada vez mayores para el monitoreo de la conducta económica de millones de ciudadanos a instituciones en nuestro país que están corrompidas y manipuladas por el partido gobernante. La llamada mafia en el Poder.
La historia demuestra que los avances tecnológicos no siempre se utilizan exclusivamente para los fines originalmente anunciados. Las herramientas desarrolladas para combatir delitos terminan empleándose para ampliar facultades de vigilancia en los gobiernos, mas en los opresores de tinte izquierdista.
Así los sistemas creados para facilitar trámites suelen convertirse en plataformas de recopilación masiva de datos que se comercializan al mejor postor (gobiernos, empresas, etc); recomiendo la lectura del libro «Apaga el Celular… Enciende tu Cerebro» que es una investigación muy profunda de como operan todas estas plataformas y aplicaciones con los llamados KDS.
En síntesis, los mecanismos establecidos bajo argumentos de eficiencia pueden transformarse con el tiempo en instrumentos de control social.
La preocupación aumenta cuando se observa la tendencia internacional. Diversos gobiernos han impulsado esquemas similares bajo la promesa de modernización financiera como China, la India, en varios casos, estas medidas han terminado fortaleciendo la capacidad estatal para rastrear operaciones económicas, limitar el anonimato financiero y condicionar determinadas actividades al cumplimiento de requisitos cada vez más amplios pero con un interés político.
La discusión aquí ya no gira solamente en torno a la tecnología, sino al equilibrio entre libertad individual y capacidad de supervisión gubernamental.
A este escenario se suma un factor frecuentemente ignorado por los promotores de la digitalización absoluta: la vulnerabilidad tecnológica. Ningún sistema informático es perfecto y menos en nuestro país plagado de corrupción. Ninguna plataforma financiera está exenta de riesgos, por lo que ninguna infraestructura digital ofrece garantías absolutas de funcionamiento permanente.
Los antecedentes internacionales son numerosos. Ataques cibernéticos en Europa y Estados Unidos, fallas masivas de sistemas bancarios en Sudamérica, errores operativos, interrupciones en redes de telecomunicaciones y colapsos tecnológicos han afectado a millones de usuarios en distintos países.
Cuando una economía conserva el efectivo como alternativa, estas fallas generan inconvenientes temporales, pero cuando el efectivo desaparece o queda severamente restringido, esos mismos incidentes pueden paralizar actividades económicas enteras.
El caso de Paraguay, citado en distintos debates públicos sobre los peligros de la digitalización financiera, ha servido para recordar una realidad elemental: la confianza en los sistemas tecnológicos no elimina la posibilidad de errores, interrupciones o pérdidas. Más allá de los detalles particulares de cada episodio, lo relevante es comprender que los sistemas digitales no son inmunes a fallas. Cuando toda una sociedad depende de ellos para acceder a su patrimonio, cualquier incidente adquiere una dimensión extraordinaria.
México enfrenta además condiciones específicas difíciles que vuelven especialmente delicada una transición acelerada hacia modelos exclusivamente digitales. Millones de ciudadanos viven en comunidades rurales y alejadas donde el acceso a internet sigue siendo irregular. Existen regiones con limitaciones de infraestructura tecnológica. Persisten problemas de conectividad, interrupciones eléctricas y barreras de acceso a servicios financieros formales. La realidad nacional dista considerablemente del escenario ideal que suele describirse desde las oficinas gubernamentales.
Aquí en nuestro estado, hay por lo menos 25 municipios serranos donde el acceso a Internet es muy escaso, entonces la aplicación de esta política del gobierno de Sheinbaum no podría tener funcionalidad.
La digitalización obligatoria también tiene implicaciones profundas para sectores tradicionalmente vinculados a la economía popular. pequeños comerciantes, productores agrícolas, trabajadores independientes y pequeños negocios podrían enfrentar costos adicionales de adaptación tecnológica, dependencia de proveedores financieros y exposición permanente a sistemas regulatorios cada vez más complejos. Lo que para grandes corporaciones representa una transición relativamente sencilla, para miles de pequeños actores económicos puede significar una carga adicional financiera. Otro elemento fundamental del análisis es el contexto complicado que enfrenta el país. La presión sobre las finanzas públicas se ha incrementado durante los últimos años. El crecimiento de la deuda pública que alcanza los 21.7 billones de pesos con tantos programas sociales que se distribuyen a los mexicanos, los compromisos presupuestales y los crecientes requerimientos de gasto convierten la recaudación en una prioridad política permanente. En ese entorno, cualquier herramienta que permita aumentar la capacidad de supervisión fiscal adquiere un enorme atractivo para el gobierno.
La digitalización total ofrece precisamente una visibilidad sin precedentes sobre el flujo de recursos dentro de la economía nacional. Cada operación registrada, cada movimiento rastreado y cada transacción documentada fortalecen la capacidad de fiscalización pública estatal. Aunque ello puede contribuir a combatir ciertas prácticas ilícitas, también genera preocupaciones legítimas sobre los límites del poder gubernamental frente a la esfera privada de los ciudadanos.
Las libertades económicas rara vez desaparecen mediante prohibiciones abruptas. Con frecuencia se reducen gradualmente, mediante regulaciones acumulativas que van estrechando las alternativas disponibles. Primero se incentiva una conducta, posteriormente se privilegia sobre otras y finalmente se convierte en el único mecanismo aceptado.
La historia política de numerosos países muestra que las restricciones suelen avanzar de manera incremental, presentadas siempre como medidas razonables, necesarias o inevitables.
Por ello, el debate de fondo no debería limitarse a las ventajas operativas de los pagos digitales, sino la discusión debe centrarse en el tipo de sociedad que México desea construir durante las próximas décadas.
La innovación tecnológica constituye una herramienta poderosa para el desarrollo. Nadie discute los beneficios que han traído las transferencias electrónicas, las plataformas bancarias digitales o los sistemas de pago instantáneo. Pero precisamente porque la tecnología es tan poderosa, también exige contrapesos, límites y mecanismos de protección para las libertades individuales, algo que en nuestro país cobra gran importancia por todo lo que se esta viviendo en la cada vez más injerencia del Estado en la vida pública.
El efectivo ha sobrevivido durante siglos no por resistencia al progreso, sino porque representa una forma de autonomía que ninguna aplicación puede sustituir completamente. Es una reserva de independencia económica frente a contingencias tecnológicas, decisiones institucionales y cambios políticos. Su existencia garantiza que el acceso al dinero propio no dependa exclusivamente de terceros.
La Ley de Economía Digital para Pagos Digitales y Electrónicos ha sido presentada como un avance hacia el futuro. Sin embargo, el verdadero desafío estará en evitar que la búsqueda de eficiencia termine debilitando espacios fundamentales de libertad.
Habiendo problemas más graves y urgentes que resolver en el país, esta nueva Ley parece ser otro distractor.
El régimen socialista de Morena (aunque a algunos colegas periodistas no les guste ese termino) avanza con sus políticas de control, ahora van por el cambiario y financiero.
Empero, hasta donde lo vamos a permitir como ciudadanos.

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