La gobernadora del estado, María Eugenia Campos Galván, decidió reunirse en un restaurante del Distrito 1 con su secretario general de Gobierno, Santiago de la Peña, y con el fiscal general, César Jáuregui. El lugar no fue casualidad.
En política, la forma es fondo. Y elegir un espacio visible, público y cargado de simbolismo envía un mensaje claro: quién conduce, quién ordena y quién marca la línea en Chihuahua. Porque, de haber querido discreción, bastaba con citarlos en su despacho. Pero no. La escena fue construida.
El trasfondo es evidente para quienes siguen de cerca la dinámica interna del poder: ambos funcionarios están en ruta hacia la candidatura a la alcaldía de la capital, y en ese trayecto han comenzado a tensar la cuerda más de lo conveniente.
Las versiones de confrontación —alimentadas por encuestas y posicionamientos— no solo incomodan, también desgastan. Y ahí es donde entra el mensaje político de la gobernadora: bajar el volumen, al menos un decibel, antes de que el ruido se convierta en conflicto abierto.
Porque si algo saben los analistas es que las encuestas son herramientas volátiles. Suben, bajan y, muchas veces, responden más a intereses que a realidades. No son, ni de lejos, el termómetro definitivo del poder. Lo que sí pesa es la percepción pública.
Y en ese terreno, no resulta bien visto que un secretario general de Gobierno —cuya responsabilidad es garantizar condiciones de equidad— y un fiscal —encargado de la procuración de justicia— se confronten desde sus cargos. La política exige disciplina, pero, sobre todo, Timing. Y en este caso, el mensaje parece claro: primero el orden interno, luego las aspiraciones. Porque en la antesala electoral, no gana quien más ruido hace, sino quien mejor entiende cuándo hablar… y cuándo guardar silencio.
El Músculo político de Marco Bonilla en Chihuahua

El alcalde Marco Bonilla empezó a mover el tablero con claridad rumbo a 2027. Y no lo hizo a medias tintas.
Encabezó una reunión con su estructura territorial —esa que él mismo reconoce como su base real de soporte electoral— con un objetivo concreto: cerrar filas, alinear esfuerzos y, sobre todo, exigir resultados. No fue un acto protocolario, fue una llamada de orden.
La cita fue en Candilejas, donde más de 300 operadores políticos, hombres y mujeres, acudieron a la convocatoria directa del presidente municipal. El mensaje no dejó espacio a interpretaciones: aquí se trabaja, se cumple y se responde al proyecto que se construye desde la capital.
Pero en política, lo importante no solo es quién está, sino quién no. Y ahí estuvo el verdadero ruido.
Bonilla decidió dejar fuera a diversos grupos internos del PAN: los Gaudinis, los Rivas, el grupo de la China Frías, los Félix y los Isaac. Una exclusión que, lejos de ser accidental, parece calculada. Las reacciones no se hicieron esperar, particularmente en redes sociales, donde la lectura fue inmediata: hay corte de caja… y también depuración.
La señal es clara para quien quiera leerla sin romanticismos: el alcalde optó por un diálogo directo, sin intermediarios ni corrientes, con una parte específica de su base. Un ejercicio de control político, sí, pero también de medición de lealtades.
¿Quién está realmente con el proyecto? ¿Quién suma y quién estorba? Esas preguntas no se responden con discursos, sino con presencia.
El encuentro, que se extendió por cerca de tres horas, fue todo menos terso. Hubo reclamos, ajustes de cuentas, compromisos y reafirmaciones. Lo que en público se disfraza de unidad, en privado se negocia, se corrige y, a veces, se redefine.
El saldo, según las versiones internas, fue positivo: un proyecto que se fortalece y una estructura que, al menos en ese momento, se mostró alineada.
Entre los asistentes destacaron figuras como Gabriel Díaz y Arturo García Portillo, quienes operaron como puentes iniciales del diálogo. No es un dato menor: en estos procesos, los interlocutores también mandan señales.
Al final, más allá del evento, lo que queda es el mensaje político: Bonilla no está esperando tiempos, los está construyendo. Y en esa construcción, la lógica es simple: menos grupos, más control; menos ruido, más disciplina. Porque en política, quien aspira a gobernar mañana, empieza por ordenar hoy.
Entre pisotones y puertas abiertas

Cruz y Maru Campos
El presidente municipal de Ciudad Juárez, Cruz Pérez Cuéllar, soltó un par de frases que, más allá de lo anecdótico, retratan con precisión quirúrgica el momento político que vive el estado.
“Los pisotones son parte del baile”, dijo. Y remató con sabiduría de vieja escuela: “al que no le guste el baile, que se salga de la pista”. No son ocurrencias. Son definiciones.
Porque en la relación que mantiene con la gobernadora María Eugenia Campos Galván hay de todo: cortesía institucional, competencia política y, de vez en cuando, uno que otro pisotón bien colocado. Ambos saben jugar ese juego. Se conocen los códigos.
Saben que en público hay sonrisas, pero también que debajo de la mesa vuelan las patadas. Y, aun así, ninguno pierde de vista lo esencial: cuando el tema lo exige, la relación institucional se impone sobre cualquier diferencia.
Esa es la política real, la que no se tuitea.


