La Guerra Contra Chihuahua y La Paz Para Sinaloa

COMPARTE LA COLUMNA RAYOS Y CENTELLAS

por Talcual
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El tema de Chihuahua por el narcolaboratorio y los supuestos agentes norteamericanos ya tiene buen rato instalado en la mañanera como instrumento distractor frente al caso de Rubén Rocha Moya y los nueve funcionarios de su entorno señalados por presuntos vínculos con el narcotráfico en acusaciones provenientes de Estados Unidos.

Casualmente, mientras el caso del presunto narcogobierno sinaloense se ha ido diluyendo del debate público nacional, Chihuahua permanece bajo presión política y mediática, sin señales de que le vayan a bajar un par de rayitas. Y como se ha dicho desde el principio, el asunto de los norteamericanos corresponde al ámbito federal, no al Gobierno del Estado.

La presidenta Claudia Sheinbaum, en defensa del gobernador sinaloense, ha exigido pruebas y evidencias. Sin embargo, en el caso de Chihuahua prácticamente ha asumido el papel de Ministerio Público y jueza, condenando políticamente a la gobernadora y dando por hecho que se trató de agentes de la CIA, cuando ni siquiera el Gobierno Federal ni el Estatal han determinado oficialmente que así sea. Tampoco Estados Unidos lo ha confirmado.

Ahí es donde aparece la doble vara. En el caso relacionado con el narcotráfico existen acusaciones directas y señalamientos de culpabilidad, pero no se exige públicamente la misma carga probatoria ni se exhiben evidencias. Todo apunta a un acto de cobijo y protección política para Rocha Moya y los funcionarios denunciados por Estados Unidos por parte del gobierno federal y de la llamada Cuarta Transformación. A ellos no los tocan ni con el pétalo de una rosa.

Más todavía. El propio secretario de Seguridad, Omar García Harfuch, acaba de declarar que Rocha Moya y su círculo no son investigados en México. Traducido al lenguaje político, eso significa una exoneración de facto y la garantía de que aquí jamás aparecerán pruebas oficiales. Hay que recordar que una de las máximas no escritas de Morena parece ser no juzgar a los propios, mientras a la oposición se le sentencia mediáticamente aun sin pruebas concluyentes.

El verdadero problema para el Gobierno Federal vendrá cuando tenga que responder a cualquier petición formal de Estados Unidos para arrestar y eventualmente extraditar a los señalados.

Las opciones son pocas: decir que no, decir que sí o pactar discretamente para que los estadounidenses hagan el trabajo, mientras desde Palacio Nacional se sigue hablando de soberanía, aunque en los hechos se les termine dando paso a los gringos.

Luego del desaire vino la pobre protesta de Juan Carlos Loera

EL DESAIRADO POR ARIADNA MONTIEL

Todo comenzó desde el martes pasado, cuando Juan Carlos Loera de la Rosa quedó fuera de la conferencia de prensa encabezada por Ariadna Montiel. En ese evento sí aparecieron Andrea Chávez y Cruz Pérez Cuéllar, desde donde se anunció la megamarcha para exigir juicio político contra la gobernadora Maru Campos.

El mensaje político fue evidente: Loera no estaba contemplado en la fotografía principal del movimiento guinda.

Ante el desaire, el senador intentó minimizar el golpe y explicó que su ausencia obedeció a “una mala convocatoria”. Pero la versión sonó más a coartada improvisada que a explicación convincente. En política, las exclusiones rara vez son accidentales y menos cuando se trata de eventos cuidadosamente diseñados para enviar señales de poder interno.

Quizá por eso Loera decidió madrugarle a la movilización oficial programada para este sábado en la capital del estado y ayer organizó su propia protesta en las oficinas administrativas del Gobierno del Estado, aquí en Juárez.

El resultado, sin embargo, estuvo lejos de convertirse en demostración de fuerza. Apenas un centenar de personas acudieron a la convocatoria y la manifestación no duró más de una hora. El acto pasó prácticamente desapercibido: poca asistencia, escaso eco mediático y un liderazgo que, al menos en esta ocasión, dejó ver un arrastre bastante limitado.

Loera apareció acompañado por su hermano Manuel y por un grupo de seguidores cercanos, varios de ellos identificados con estructuras vinculadas a la nómina del Senado o del gobierno federal. Más que una movilización ciudadana, aquello pareció una operación de equipo compacto.

Y es que detrás del episodio también pesan las viejas fracturas personales. Conviene recordar que en el pasado Loera sostuvo una relación de pareja con Ariadna Montiel, hoy convertida en figura clave del morenismo nacional. La relación terminó mal y, desde entonces, la disputa por los espacios de poder dentro del partido se ha vuelto cada vez más ríspida.

Bajo esa lógica, la protesta anticipada no sólo tuvo lectura política; también exhibió que lo personal sigue influyendo en las decisiones públicas del senador. Su movimiento fue interpretado como una respuesta adelantada a la marcha impulsada por Ariadna Montiel para este sábado, donde se espera una convocatoria mucho más robusta.

Por ahora, lo único contundente fue la imagen de una movilización de bajo impacto ciudadano. La escasa concurrencia terminó alimentando la percepción de que varios asistentes acudieron por consigna y otros más bajo operación directa del equipo político de Loera.

En política las ausencias pesan, pero las convocatorias vacías pesan todavía más.

 Andrea Chávez Contra Corral y Loera

Muy extraño —aunque no tanto— resultó el deslinde público de Andrea Chávez respecto de los senadores chihuahuenses Javier Corral Jurado y Juan Carlos Loera de la Rosa.

A Corral prácticamente le aplicó control de acceso ideológico. Le recordó que no milita en Morena y, por tanto, debería abstenerse de hablar del movimiento, sobre todo cuando es para lanzar críticas como aquella de la “obediencia estalinista” y otras finuras que no precisamente adornan el espíritu de la transformación.

Vaya ironía. Corral, quien durante años fue recibido como aliado incómodo pero útil, ahora parece descubrir que en Morena existe una aduana revolucionaria donde unos reparten credenciales de pureza y otros quedan en observación permanente.

A Loera de la Rosa tampoco le fue mejor. Andrea, con paciencia franciscana y evidente cariño político, le pidió —igual que a Corral— que deje de inmiscuirse y colgarse de su proyecto político. Traducido al español terrenal: “por favor, ya no se me peguen tanto”.

El mensaje dejó claro que ambos personajes le resultan, por decirlo elegantemente, bastante invasivos. Porque en la política guinda ya no basta con pertenecer al mismo bloque; ahora también hay que pedir permiso para opinar, aparecer y respirar cerca del proyecto correcto.

Desde luego, queda la duda de si todo esto forma parte de una estrategia cuidadosamente calculada de Andrea Chávez para reconciliarse con Ariadna Montiel o si simplemente ya se cansó de cargar políticamente con los senadores chihuahuenses.

Aunque también podría tratarse de algo más práctico: cuando el barco empieza a moverse demasiado, siempre hay quien corre a soltar lastre.

Y es que no debe olvidarse que la senadora con licencia forma parte del llamado Grupo Tabasco, esa peculiar hermandad política donde conviven Adán Augusto López Hernández, Corral, Loera y otros personajes que, según las versiones más repetidas en los pasillos del poder, no son precisamente santos de devoción ni en Palacio Nacional ni en la dirigencia nacional morenista.

Así que la escena termina siendo bastante simpática: integrantes del mismo grupo político desmarcándose unos de otros, repartiéndose regaños públicos y peleando por ver quién sí representa la verdadera esencia del movimiento.

Porque si algo distingue a Morena en estos tiempos, además de la unidad, es la entrañable costumbre de pelearse entre compañeros mientras aseguran que todo marcha perfectamente bien.

 

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